Libros

Entrevista a la escritora Laura Galarza

La observación minuciosa del mundo

PH: Rocío Pedroza

 La autora publica por estos días “Cosa de Nadie” (Ediciones del Dock), un libro de cuentos en que la vida ordinaria revela su costado impredecible. “Mis personajes saben que la felicidad no existe”, revela la autora en esta entrevista.

Los personajes de Laura Galarza (Buenos Aires, 1968) son mujeres y hombres aparentemente corrientes que se mueven en espacios domésticos o más o menos conocidos, pero en algún momento impreciso de esas rondas, se topan con un elemento imprevisto que los descoloca y los pone al borde de la salvación o la tragedia. Es en esa fisura, en que la cotidianeidad se abre a lo extraordinario o lo siniestro, que revelan su humanidad, su fortaleza, su fragilidad o su desdicha; y es entonces también cuando los cuentos adquieren su profundidad y el lector de vuelve agradecido. “Cuento historias cotidianas, pequeñas, con personajes comunes pero a los que les pasa algo extraordinario que los pone en otro lugar en su relación con el mundo y los otros. Personajes que están frente a una encrucijada y tienen que ver cómo salir de ahí”, explica ella, que a partir de los detalles narra mundos.

   “Galarza conoce los laboriosos secretos del cuento”, escribió Vicente Battista. Angela Pradelli, por su parte, opinó, sobre “Cosa de Nadie”: “Es una buena muestra de que los escritores saben reconocer el nervio de la experiencia y transformarlos en literatura”.

   Laura es psicoanalista y crítica literaria y se formó en el taller de Guillermo Saccomanno. Varios de sus cuentos han sido publicados en antologías y suplementos literarios. En 2010 resultó finalista del premio Cosecha Ñ, de España. Actualmente colabora en Radar Libros, suplemento de Página/12 y dicta talleres de escritura. 

- La mayoría de los personajes de tus cuentos son mujeres, ¿qué características o conflictos compartidos las definen?

-En mis cuentos no sólo hay mujeres -incluso hay dos cuentos que están desde el punto de vista de un hombre- aunque la mayoría de los personajes son femeninos. Lo que tienen en común es que son personas con una piedra en el zapato, algo los tiene molestos, incómodos. La diferencia es que ven lo que los otros no ven. Saben leer la realidad del lado de las costuras. Y eso a veces, es una desventaja: saben que la felicidad no existe.  

- ¿Sentís que esos personajes representan de algún modo a las mujeres de tu época?

-Sí, claro. Todas mis amigas – sin excepción - tienen esa manera de andar por la vida, incómodas, inquietas. No porque se quejen, ni por insatisfechas sino porque saben que pueden ir por más y a veces no se animan. Y viven en esa disyuntiva diariamente. Y cuando nos juntamos, más allá de las anécdotas, en el fondo se está hablando de eso.  

-¿Existe el talento o es sólo trabajo sostenido? 

-En cuanto a la escritura existe el talento, por supuesto. Y no es mi caso, claro, que fue pura voluntad y trabajo. Conozco talentosos sin voluntad y me desespera. También hay talentosos que trabajan mucho y a esa fórmula no hay con qué darle. Así nacieron los grandes escritores.  

-¿En lo personal disfrutás o padeces en mayor medida el proceso de escritura?

-Ambas cosas. Disfruto cuando me aparece una gran idea – o al menos lo que yo creo que puede ser una gran idea - para una historia o para una nota. Disfruto cuando de una sentada puedo escribir varias páginas. Cuando reescribo y veo que el texto se va perfeccionando. Padezco cuando no tengo voluntad de robarle tiempo al mundo para sentarme a escribir. Y me vence la pereza. Porque no puedo relajarme y tirarme en un sillón. La idea es como ese pájaro de la propaganda que martilla sobre mi cabeza y dice: qué hacés que no estás escribiendo, tu vida es ordinaria y banal. Horrible. Me pasa casi todo el tiempo.

-¿De dónde entendés que surge la necesidad de contar historias?

-De una manera de mirar el mundo. La tuve desde pequeña. No me lo propongo, me sale así: veo el doblez de las cosas, la otra escena que está aconteciendo. Puede ser desde una conversación hasta una situación en un supermercado. Y eso no tiene que ver con mi formación como analista. Por supuesto que esa manera de ver las cosas ayudó a mi profesión. Pero esa forma mía es anterior. No resulta así todo el tiempo, a veces me relajo. Pero sí, tengo una especie de radar que detecta lo que no cierra.

- ¿Cuáles fueron las circunstancias históricas y personales que determinaron tu vocación?

-Tengo una tía que tocaba el piano y tenía una biblioteca de piso a techo. Ella fue la oveja negra de la familia, de hecho fue expulsada. Me llamaba la atención que cuando caíamos a su casa de visita, ella seguía haciendo lo suyo, digamos lo que daba sentido a su vida: tocar el piano o leer. Eso caía muy mal en la familia que no entendía cómo no era capaz “ni de servir un té”. A mí me causaba admiración. También fue determinante el hecho de ser muy solitaria de niña, la lectura fue un gran refugio para mí. Siempre necesité - hasta hoy es así - aislarme del mundo. Por eso soy, antes que nada, y así me gusta definirme: una lectora voraz. Y eso también me trae problemas, como a mi tía.

-¿Tenés hábitos de escritura más o menos constantes (espacios, horarios, etc)?

-Escribo cuando puedo. Leo en cambio, casi todo el tiempo. Si necesito terminar un texto le pido a mi familia que me deje sola un día al menos del fin de semana. La semana es tirana, sólo cuento con entre horas y eso es fatal. Para darle forma a un texto necesito silencio, mate, desconectar teléfonos, internet, mucho tiempo por delante y demanda cero.   

- ¿Con qué otros escritores/as, de la Argentina y el mundo, te sentís identificada? ¿Te reconocés heredera de alguna tradición?

-Leo todo el tiempo autores norteamericanos para aprender, ellos son como mi propio taller literario. Vuelvo una y otra vez y veo cómo lo hacen: Por nombrar algunos: Carver, Cheever, Carsons McCullers, Flannery Oconnor, Katerinne Mansfield. Actuales, Loorie Moore y Tobías Woolf. También el noruego Kjell Askildsen que descubrí gracias a mi librero Andy Andersen. Nuestros: Castillo y Cortázar.

-Fuiste alumna de G. Saccomano durante años, ¿cuál fue la lección más importante que te dejó esa experiencia?

-Me dejó varias: la más importante, primero escribir para después publicar. También, leer para poder escribir. 

- ¿Cuál es el concepto más valioso que, dirías, intentás transmitír a los alumnos, en tus talleres?

-Nunca ser condescendiente con uno mismo. Siempre podés hacerlo mejor. Y gozar con eso.  

- ¿Proyectos futuros, en relación a la literatura?

-Seguir escribiendo y hablando de literatura donde sea y como sea.  

  • Autor: Verónica Abdala
  • Fuente: PH Rocío Pedroza (para la Balandra)