Artes

¿Quién está libre?

Pedro, el pájaro y yo



Pedro está cansado. Harto. Cargado de complicaciones inauditas. Y a mí, confieso, me aburre su idiosincracia. Las palabras vacías y el poco amor que brinda a su entorno. Hoy pasó toda su mañana obsesionado con una pajarera. El insiste en que lo acompañe a verla. 

Es el negocio de don Romualdo donde debemos ir. En el barrio comentan que recibió un cargamento de pájaros exóticos en pago de una deuda, otros afirman que fue uno de los “brillantes” negocios de su hijo. Que más, la pajarera esta ahí, Pedro se ha vuelto insoportable, y yo tengo que salir…


Al llegar veo que la pajarera es impactante. Vale la visita. Unos niños rodean el espectáculo e intentan tocar las aves.

-¿A vos cuál te gusta?- pregunta don Romualdo. 

Se lo pregunta a todos los visitantes. De tanto pavonearse en el salón lo van a meter en la jaula. Para evitar las zonzeras que se dicen me recuesto en un rincón, así nadie me pregunta. A la mayoría le impactan los colores. 

A mi, ahora que observo, lo que más me gusta es un pequeño pájaro marrón que se mimetiza con las ramas secas. Secas como las frases del montón que se dicen: ¡son aves exóticas, salvajes! grita uno. Tras el rugido, el color vuela, despliega sus alas y baja en picada. El mimetizado espera, no se asusta, camina sobre la rama y zambulléndose de espaldas al vacío juega en el interior de la prisión. Yo tenia razón, es el más listo. Cae con tanto placer y me mira con tanta soberbia, que me siento yo el enjaulado.

Vuela al ras del suelo, en linea recta contra los barrotes, se arquea noventa grados y sube como una flecha.

Es dueño: marco su territorio.

Me vuelve a mirar, desafiante, esperando que yo haga lo mismo: marcar mi territorio.

-¿A vos cuál te gusta?- repite don Romualdo incansablemente. Siento calor, estoy nervioso. Ahora el pájaro no me gusta, lo odio.. Miro alrededor, trazo un circulo con mi pie y no hago más que limitarme. El marrón me da la espalda. Hincho el pecho: de animal a animal estoy en deuda.


A través de la ventana miro los árboles, las jaulas, no tengo posesión. El muy maldito lo sabe, soy un desarraigado citadino y jaula por jaula, pregunto cuál es la mía. No tengo barrotes contra los cuales embestir, pero salgo a la calle corriendo y el cemento me los fija. Don Romualdo y Pedro están tan absortos en su charla que no perciben lo que ocurre. Quiero quebrarme en noventa grados y volar…


Memoria. La memoria me recuerda, le pone nubes a mi viento y techo a mi subida.Ya no asciendo tan solo, tengo un lastre. Recuerdo las espaldas del pájaro y ahora entiendo: animal por animal sigo en falta.

Estiro el pie para marcar el vacío. Vacío. Vacío en el entorno, vacío en el contorno.

Lo miro. El muy maldito lo sabia. Intento capturarlo para exigirle una explicación, pero don Romualdo me grita “qué haces loco”. 

Otra vez, memoria: no recuerdo nada, pero lo llevo en mis orígenes, tan adentro que limito el limite. Terreno. La libertad es mi terreno: si la delimito no soy libre y si no la marco no sé por donde empezar. ¿Soy libre por regalo o soy libre por opción? Si vuelo por el suelo me pisan: acá no hay misericordia. Yo el primer malvado. Vuelvo a tierra estoy sofocado. La gente es un espejo que me sofoca. Cientos, miles, millones de espejos que me sofocan. Me hago el tonto, trato de que no se den cuenta. Pero me sofoco. Me falta el aire y el muy maldito lo sabia.

Choco contra todo, los empujo, los echo de mi terreno. No tengo terreno y el muy maldito lo sabia. Don Romualdo y Pedro miran absortos. Giro, enfrento la jaula. El muy maldito toma agua, como si estuviera en un cafè, esperando. Me observa de reojo. Paso la mano nerviosamente por mi cabeza. No puede ser, es una pesadilla. Me arrodillo y lloro, soy un desterrado citadino. El cemento no es terreno sino porción pública: soy tan público como la porción. Desarraigado con carnet de ciudadano. ¿Dónde está mi sentimiento? En un himno de bocinas. Riego mi parcela, inundo el adoquín. El muy maldito me mira, esperando que me rinda y 

para sobrarme vuela en looping. Neón. Sol de neón para mi terreno. Ficticio. Tierra y un balde de agua para mi barro. Con las rodillas lastimadas y con el corazón haciendo juego. Mi mano expresa incomprensión; mi cara congoja. El muy maldito ríe y yo de animal a animal, sigo en falta.

Pálido y tembloroso me alejo del local de don Romualdo.

Pedro se excusa por mi comportamiento. Yo, deambulo. En las ambigüedades del destino encontré una respuesta sobre una libertad que ignoraba tener.


Reed 

  • Autor: A.R