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La bibliotecaria de Auschwitz

Dita Kraus y su nieto, en la actualidad




 La anécdota de la pequeña bibliotecaria fue mencionada originalmente en La biblioteca de la noche, del escritor argentino Alberto Manguel y recogida por el periodista español Antonio G. Iturbe (Zaragoza, 1967), que se propuso indagar en la vida de Kraus y contó la historia en La bibliotecaria de Auschwitz (Planeta), una novela basada en hechos reales. Dita Kraus fue contemporánea a Ana Frank y aun hoy quita importancia a su proeza.


Por V. A.  

  En medio de la desolación y el olor a muerte del campo de exterminio de Auschwitz, una nena de 14 años, llamada Dita Kraus, tuvo a su cuidado un pequeño tesoro: ocho libros escondidos. Celosa guardiana de esa pequeña biblioteca clandestina, y consciente del peligro que corría, Dita puso su vida en juego para que los libros circularan entre los prisioneros a espaldas de los oficiales y del propio Josef Mengele, famoso por los cruentos experimentos que concretó con los detenidos de ese campo. La suya fue una gesta heroica y anónima: esta historia real, que merecía ser contada, prueba que la lectura sirvió alguna vez para desafiar el aparato de destrucción más poderoso de la historia; la resistencia cultural fue en este marco un gesto de rebelión.

  Ocurrió en el Bloque 31 de Auschwitz, el único que albergaba niños. Los jerarcas nazis -incluido Mengele- habían decidido en diciembre de 1943 "abrir un campo familiar" para los checos deportados desde el gueto de Terezín, cercano a Praga. Allí recayeron Dita -contemporánea de Ana Frank- y sus padres, junto con otros ocho mil prisioneros, entre los que se incluían unos quinientos chicos. La puesta en escena obedecía a una estrategia de los nazis que apuntaba a dar una "imagen de normalidad" hacia afuera, en un momento en que organizaciones humanitarias como la Cruz Roja se habían mostrado alertas frente a los rumores sobre lo que ocurría en los campos.

  Lo que los oficiales de las SS no llegaron a imaginar fue que un grupo de adultos, liderados por Fredy Kirsch -un judío al que los nazis habían encomendado el cuidado del barracón-, se organizaría para dar clase a los pequeños en una improvisada escuela clandestina. Ni que, en ese marco, funcionaría una biblioteca de papel, la que a Dita le tocó custodiar. Los libros, un oasis de cordura en medio del horror, habían sido hurtados por los mismos prisioneros a los nazis, que a su vez los obtenían de las requisas que concretaban en la entrada del campo.

  Las lecturas que los prisioneros finalmente concretaban a escondidas no los salvaba de la muerte ni la desesperación, pero habilitaba una experiencia con sentido. "Es cierto que la cultura no es necesaria para la supervivencia del hombre, es verdad que con el pan y el agua alcanza para sobrevivir, pero sólo con eso muere la humanidad entera", define el autor en el prólogo del libro. "Son la emoción, la percepción de la belleza, los mecanismos de la imaginación, y la capacidad de hacernos preguntas y vislumbrar los límites de nuestra ignorancia, lo que nos distingue de los animales."

  La anécdota de la pequeña bibliotecaria fue mencionada originalmente en La biblioteca de la noche , del escritor argentino Alberto Manguel y recogida por el español Antonio G. Iturbe (Zaragoza, 1967), periodista y director de la revista Qué Leer , quien se propuso indagar en la vida de Kraus. El destino aportó una cuota de suerte e Iturbe fue a dar, de forma casi azarosa, con Dita, por Internet. El resultado de las conversaciones que ambos mantuvieron por mail y personalmente -ella ya octogenaria, pero con su fortaleza intacta- es esta novela de 482 páginas. Los mecanismos de la ficción le permitieron al autor dar dimensión emocional a los datos históricos, y aunque por momentos la extensión de la novela parece excesiva, Iturbe logra recomponer esa atmósfera opresiva de los campos, donde un gesto solidario o la lectura de un cuento podían, cualquier día de esos, inclinar la balanza a favor de la vida.

  En julio del 44 los nazis decidieron cerrar el "campo familiar" de Auschwitz, y Dita fue trasladada a Bergen-Belsen, el campo en que murió Ana Frank, donde no había libros para consuelo de los presos. Allí permaneció hasta fin de abril del 45. Hoy tiene 85 años y vive en Israel.


  • Autor: Veronica Abala