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Postales de Verano

Vacaciones en el club

La mujer prepara todo sobre la lona de rayas anchas azules y blancas con el ancla amarilla en el centro. Leche chocolatada en cajita, gasesosas, vasos plásticos de color y un tapper abierto rebosante de rodajas de bizcochuelo. Lo hizo con dedicación. Ahora se sienta mirándose los pelitos encarnados de la pierna. Al rato llegan los chicos con el padre. Ella levanta la cabeza, sonríe. Cómo les fue a mis amores. El nene viene con la cabeza gacha enredándose las piernas con una raqueta. La nena más atrás, lleva una Barbie colgando, unas calcitas a lunares y las uñas diminutas pintadas de fucsia. Viene llorando. Entonces la madre cambia la cara. Qué pasó, pregunta y amaga a levantarse pero no se levanta. Está insoportable, dice el padre, la cara brillante por la transpiración. No paró de llorar. Y encima éste, sigue y señala al nene con el mentón. Se la pasó con cara de culo porque le gané. El padre se tira sobre el césped, por fuera del espacio contenedor de la lona. Se tapa la cara con el antebrazo. La madre extiende los brazos hacia los chicos que se le tiran encima a la vez, se pegan como abrojos. Abraza a la nena. Le toca la cabeza al varón. El padre, aun costado, como desmayado. Entonces la mujer empieza a hablarles a los chicos como si les contara un cuento: bueno estamos todos un poco cansados. Papá trabaja toda la semana. De repente sube el tono de voz. A papá no le da tiempo para todo.  Para trabajar y estar con sus hijos. Se cansa de nada, no tiene paciencia. Y sigue, cada vez más. Entonces el tipo se incorpora. La mira. Ella lo mira. Parece que van a batirse a duelo. Pero se contienen. Y esa mirada como lo único que los une. 

  • Autor: Por Laura Galarza