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TETRIS

CUENTO DE REYES

Cuento de Reyes

'Tetris', por Luciana Cáncer

Yo tenía 6 años, mi hermana María recién había cumplido los 8 y mi hermano Juan todavía dormía en el moisés de mimbre pintado y repintado de blanco brillante que usamos todos y que siguieron usando otros bebés de la familia que llegaron después. Papá ya se había ido y mi abuela ya se había mudado con nosotros para ayudar a mamá. Mamá tenía 39 y, según me contó hace muy poco, tener un hijo separada a los 39 años, en un pueblo, en el año 1981, calificaba como locura, imprudencia total, osadía infinita. Aunque fui testigo del embarazo y del nacimiento de Juan con mis padres ya separados y atravesé mi vida hasta acá con una huella demasiado honda determinada por el abandono de papá, honda y magnética, lo suficientemente magnética como para atraer todos los dolores hacia ahí, nunca se me ocurrió pensar que mamá podría haber sido juzgada como loca, atrevida o imprudente. Esas palabras no le caben a las madres abnegadas. Y las madres, para los hijos, sólo cumplen el rol de madres.

María y yo acomodamos los zapatos frente a la chimenea como cada 5 de enero. El lugar más lindo de mi infancia en mi casa de Lobos es la chimenea. Me acuerdo de mirar el fuego, del olor a leña quemada, de recorrer la casa buscando cosas que se pudieran tirar ahí adentro para verlas cambiar de forma mientras se consumían entre la brasa naranja. En diciembre la chimenea cambiaba de rol. Mamá nos había acostumbrado a armar el pesebre en el hueco revestido de ladrillos térmicos, marcado de hollín y con olor a invierno. Mamá todavía arma el mismo pesebre en ese mismo lugar. Las piezas son de arcilla pintada en colores opacos. Las pieles varían en diferentes tonos ocres. Las ovejas y cabras son blancas y grisáceas. En José predomina el marrón y en María el celeste. Y Melchor, Gaspar y Baltazar son los más colorinches. El establo imita a una casita de adobe como las de las ilustraciones de los libros de lectura de primaria que contaban historias de los indios. Y Jesús es la única figura de piel clara, casi blanca, con cuerpo de bebé y cara de grande. Pusimos nuestras ojotas, los escarpines de Juan, unos zuecos de madera de cuando mamá era más joven y los zapatos marrones de mi abuela. 

Dormir la noche del 5 de enero siempre era dificilísimo. Nos quedamos sentadas en la cama con el velador prendido y la ventana abierta para espiar el fuentón de agua y el montoncito de pasto que habíamos dejado para cuando llegaran los camellos. Por tercer año consecutivo pretendíamos hacer guardias por turnos para presenciar la magia de tres camellos enormes pastando en nuestro patio y tres figuras vestidas de colores estridentes entrando en nuestra casa. Nunca habíamos llegado a verlos. Nos dormíamos antes de que llegaran y nos despertábamos después. Decidimos armar una casita con rastis para que el tiempo se pasara más rápido. Siempre nos organizábamos así: María se ocupaba del diseño global (paredes acá, ventanas acá, puerta allá) y yo hacía el trabajo de obrera. A mí me tocaba apilar ladrillitos porque era muy buena para organizar las hileras, trabar las uniones y no dejar huecos. Desde hacía un tiempo me preocupaba especialmente que no quedaran vacíos en las paredes que no fueran ventanas o puertas. Cuando fui más grande, esta habilidad obsesiva para llenar huecos me sirvió para romper récords de tetris en los jueguitos de Juan.

Esa madrugada me despertaron las ganas de hacer pis. El velador estaba apagado. Alguien había cerrado la ventana y la casita de rastis había vuelto a ser un montón de ladrillitos sueltos en el canasto que mamá acomodaba a los pies de la cama de María. A mamá la relajaba la tarea de desarmar. Cuando nos acostábamos o nos cansábamos de jugar, se sentaba en el lugar donde iba encontrando nuestros juegos y desarmaba la trama de piezas. Antes de terminar demoraba el ritmo como si quisiera extender ese momento hasta el infinito. 

La casa estaba oscura y el sonido distorsionado de un tango que venía de la radio que mi abuela escondía debajo de su almohada parecía absorber todo el silencio. Me daba miedo levantarme al baño de madrugada por eso mamá insistía para que hiciera pis varias veces antes de acostarme. Insistía sobre todo porque en los últimos meses había tenido unos episodios de sonambulismo y el pediatra le había dicho que evitara cualquier estímulo que pudiera desordenarme el sueño. Traté de volver a dormirme pero la vejiga me latía con tanta violencia que todo mi cuerpo y todos mis pensamientos estaban concentrados ahí. Me di ánimo. Por lo menos hay un poco de ruido, pensé, y corrí por la cerámica fría hasta el baño del pasillo. Me senté en el inodoro con los ojos cerrados. Cuando era chica pensaba que si mantenía los ojos abiertos en la oscuridad podía ver sombras extrañas. Todavía lo pienso. Tampoco quería prender la luz porque me daba miedo ver a esa hora. La falta de movimiento, de uso de las cosas, me resultaba fantasmal. Pero sentí una luz poderosa. En ese momento aprendí que aún con los ojos cerrados podemos percibir el cambio de intensidad de la luz. 

Entonces abrí los ojos y vi a los Reyes Magos. 

Eran tres siluetas vestidas de telas radiantes. Una verde, una amarilla y una roja. Se movían en silencio. Aunque las telas se tocaban no emitían ese frú-frú que hacen las telas cuando se rozan. Se inclinaban sobre los zapatos en actitud de dejar pero no vi paquetes. Pensé que los regalos estaban tapados con esas telas brillantes que se deslizaban con cada movimiento como si tuvieran vida propia. Era como si bailaran. Llenaban el espacio. Entraban y salían del hueco de la chimenea en una danza que me fascinaba. La imagen duró pocos segundos porque cerré los ojos. Tuve miedo de interrumpirlos, de asustarlos. Corrí de nuevo sobre la cerámica fría y me tapé hasta la coronilla.

Me quedé despierta. Me faltaba el aire pero no quería sacar la cabeza de abajo de las sábanas. Me asomé recién cuando dejé de escuchar la radio de mi abuela. Eso quería decir que estaba despierta y que la había apagado. Abrí los ojos y vi los rayos de claridad que entraban por la persiana dibujados sobre el empapelado de florcitas violetas y verdes. Había amanecido. Zamarreé a María y en ese mismo momento escuché el primer llanto de Juan. Entonces le dije con la seriedad que merecía el asunto: María, vi a los Reyes. Me levanté a hacer pis y los vi. María me miró con los ojos achinados; dos aberturas de luz negra casi cerradas por el peso de sus párpados hinchados. Su hijo menor también tiene los ojos así: rajas de luz oscura que no llegan a abrirse del todo, como si la fuerza de gravedad comandara su cuerpo desde los párpados. María me creyó. Se incorporó en la cama, se refregó los ojos y me pidió que le contara más. Le dije lo de la luz que irradiaban las telas de colores. Verdes, amarillas, rojas. Le conté lo de los movimientos delicados y sin ruido mientras trataba de describir con ademanes el baile de las telas. Le dije también que había corrido de vuelta a mi cama para que ellos no me vieran a mí. María me dijo que había hecho bien, que podíamos espiarlos pero no verlos cara a cara.

Fuimos a contarle a mamá. Estaba en la cocina calentando la mamadera. Con un brazo probaba la temperatura del baño maría y con el otro hamacaba a Juan. Hacía movimientos mecánicos. Tenía cara de querer dormir más. Nos escuchó sin gestos de sorpresa, como si ver a los Reyes Magos fuera la cosa más natural del mundo. Solamente me preguntó si estaba segura de que no lo había soñado. Después le preguntó a María si estaba segura de que yo no le había hablado dormida; evitó usar la palabra sonámbula. María le dijo que no. Que yo me había despertado y que había visto a los Reyes Magos. María es la persona que más confía en mí.

Pensamos en ir a contarle a mi abuela pero de golpe nos acordamos de que era 6 de enero y fuimos corriendo a la chimenea. Había muchos paquetes. Volumen. Simulación de cantidad. Otros años habíamos encontrado triciclos, bicicletas y una hamaca para el patio. Eran cosas lindas pero no se podían envolver. A mí me gustaban los regalos envueltos, los papeles de regalo. Así que la imagen de la chimenea me gustó más así, más acorde a las luces y a los colores que había visto durante la madrugada. 

Abrimos los paquetes. Había peluches, ojotas nuevas y libros de pintar. Muchas cosas. Como siempre, las ojotas de María me parecieron más lindas que las mías aunque las mías eran rosa y yo era recalcitrantemente fanática del color rosa. 

Después sí fui a buscar a mi abuela. Le conté y mostró bastante más entusiasmo que mamá. Me hizo preguntas. Se interesó. Mi abuela se había mudado a casa para reponer el entusiasmo que había perdido mamá y ocupar algo del espacio que había dejado papá. Ahora creo que funcionó. Que las personas vamos acomodándonos como piezas de tetris en los lugares libres que vamos encontrando. 

  • Autor: Luciana Cáncer