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Ayahuasca sabe

Cuentos de verano

Ayahuasca sabe


Juan José me había dejado. Al principio pensé que iba a ser imposible vivir sin él, que los días no tendrían sentido y que de a poco me apagaría como la llama de una vela desolada. Desde un tiempo antes había tenido señales: sus llegadas tarde a nuestras citas, que mirara hacia otro lado cuando yo le dirigía la palabra, y finalmente el planteo acerca de nuestra “excesiva” cercanía (excesiva, dijo), derivaron en su propuesta de que nos tomáramos un respiro. Hasta sugirió que, para concretar esa distancia, cada uno se tomara vacaciones por su lado, como si alguna vez nos hubiésemos ido de vacaciones juntos. 


(De tu esposa no hablábamos, sencillamente no existía. Y yo, enamorada, no llegué a entender aquellas señales como un aviso, para mí eran tan solo una forma modificada del amor, más sutil, menos posesiva que la de los demás)


Cada mañana despertaba con la esperanza de escuchar su voz en el teléfono: una llamada y nos veríamos, y le daría las cartas que le había escrito, y por fin sería suya. En esas cartas escribía lo que no le podía decir: el amor apasionado que me encendía el corazón, el deseo de que nunca me abandone, que su latido sintonice con el mío. Y cada noche dormía con la ilusión de encontrarlo en mis sueños. Incontables veces le declaraba mi amor sonámbulo y otras tantas desnudaba mi corazón para regalárselo así, en carne viva, frágil. Pero luego, al entregarle las cartas, quedaba como un secreto traicionado, más sola que antes, más esclava de mi pasión. 


(Si no te hubieras alejado, yo todavía mantendría mi solitaria adoración, pero te fuiste, y yo no sabía cómo reaccionar. Pensé que iba a enloquecer: los días eternos sin tu presencia, el silencio más silencioso que nunca y la soledad que me desgarraba)


Tomé el teléfono y marqué el número del chamán. El me llevaría por caminos desconocidos, por senderos que debería recorrer si quería cortar de una vez los lazos que me unían a Juan José. El tono con que el chamán me atendió tenía la compasión de un cura y la firmeza de un médico. Lo que necesitaba si quería extraer el cáncer que me carcomía la vida era eso: un chamán cirujano. Quería y no quería volver a trabajar, estudiar esas materias que había dejado abandonadas, salir de vacaciones con mis amigas, conocer a un hombre. Me resistía a sanarme, a extirpar el apego que mantenía preso mi corazón, aunque era lo más anhelado por mi ser racional.


(Vos lo sabías. Eras consciente de mi incapacidad para dejarte y rehacer mi vida. Te reías de ello y disfrutaste durante mucho tiempo como un gato con su ratón de juguete) 


El tiempo se estiraba hasta el encuentro con el chamán, serían tres días completos de pura sanación en los que al fin Juan José se iría no sólo de mi vida, sino también de mis pensamientos. Entre el temor y el deseo, viajé en varios autobuses hasta llegar a lo del chamán. Imaginaba lo que sucedería en lo del chamán, por eso no le avisé a nadie de mi familia: sería mi secreto personal, esos remedios que se toman a escondidas, no porque el remedio sea una vergüenza, sino por no declarar la enfermedad. 

El autobús me dejó a la vera de la ruta y caminé entre yuyos hasta el portón de madera que estaba entornado; entré y por un camino bordeado de flores silvestres me acerqué a mi salvación. El canto de los pájaros me acercaba la promesa de que al fin sería libre otra vez. Cuando llegué a la casita blanca, un hombre de barba extendió los brazos recibiéndome. Sus manos me tomaron con dulzura para conducirme a una ronda de gente bajo unas glicinas en flor. Cada uno en aquel círculo tenía su dolor personal y yo pude leerlo en los rostros, adivinar el motivo que los había llevado hasta allí. 

El hombre de barba se presentó como Juver, el chamán, mientras un ayudante se asomaba con una jarra de agua y pequeñas galletas de avena. A lo lejos, otro hombre, con una gran cuchara de madera, revolvía un caldero que echaba humo, bajo un fuego suave. A pesar de la tranquilidad del lugar, en la ronda había urgencia.

El hombre no hizo caso de mi ansiedad, y extendiendo unas ramas retorcidas que debían ser de Ayahuasca me miró fijo al decir:

–En quechua, Ayahuasca significa La soga del Muerto o La soga de los espíritus, porque esta maravillosa bendición que nos da el Amazonas es la soga que permite que nuestro espíritu salga del cuerpo sin que éste muera –su voz firme resonaba con un eco a la distancia–. Ayahuasca nos ayuda a ver lo que debemos ver. Ayahuasca sabe. Saldremos del cuerpo físico para visitar lugares insospechados, pero que habitan en cada uno de nosotros. Quizás alguno logre la comunicación telepática con otros espíritus, pero no se puede forzar, eso no ayuda, sucederá si es necesario. 


(¿Eso significaba que podría comunicarme con tu espíritu? ¿Que por fin dejaría un cuerpo físico que me hacía llorar todos los días para lograr la comunión con vos? ¿Escuché bien? ¿Ayahuasca sirve para unir espíritus? Era justo lo que necesitaba)


Me habían dicho que la telepatía de Ayahuasca me ayudaría a entender y ahora comprendía todo, hasta el sentido de estar allí rodeada de desconocidos para desarrollar una capacidad nueva y expandir mis poderes. Entonces yo, a pesar de querer olvidar a Juan José para siempre, supe que dirigiría hacia él todos mis rayos atrayentes, le ordenaría caer en mis brazos, metería en su cerebro pensamientos de pasión, lo haría mío y de nadie más atándolo con la soga de los espíritus. Para ello, abandonaría mi cuerpo para ir quién sabe adónde, sin saber si después podría regresar.


(Estaba dispuesta a todo, Juan José, hasta a perderme en el infinito de almas perdidas con tal de que no te fueras y que nos uniéramos eternamente)


–Y no teman, Ayahuasca siempre regresa a sus visitantes, para que apliquen en la vida lo que aprendieron, para que sean trasmisores de su sabiduría. Por eso Ayahuasca nos ama, bendice nuestro viaje.

El ayudante acercó un recipiente con el elixir de mi salvación y lo apoyó cerca del chamán, que dijo:

–Luego de beber Ayahuasca los conduciremos al lugar donde permanecerán hasta que terminen su viaje. Las reglas son que nadie debe acercarse a sus compañeros, cada quien deberá viajar solo, explorar en los confines de su realidad tanto como le sea permitido hoy. Ayahuasca será su compañera en este día y al atardecer pasaremos a recogerlos para compartir una cena junto al fuego. 

Luego, nos dio de beber.

El chamán escogió para mí un rincón junto a un añoso árbol que me agradó enseguida. Cuando se fueron, quedé a solas con Ayahuasca y pronto pude sentir la comunión con la naturaleza: veía subir desde las raíces la savia de los arbustos, dialogaba con el viento; los sonidos, más intensos que antes, me permitieron distinguir el ruido de las hormigas que acarreaban sus pesadas hojas y diferenciarlo del sonido de las plantas mecidas por la brisa. A pesar de todo, sabía que sucedería algo más, algo intenso, algo que uniera mi espíritu con las fuerzas estelares de Ayahuasca y a través de su poder, reencontrarme plenamente con el alma de quien nunca debió separarse de mí. Ahora por fin lo veía claro. De pronto, Juan José pedía a gritos que lo dejara partir. Yo por fin lo tenía al alcance de mis manos y esta vez no se me iba a escapar, pero cuando intenté tocarlo, un vómito de sapos salió de mi boca, uno, dos, mil sapos. Bajo un croar ensordecedor corrí a esconderme en un hueco del árbol, apretada, a salvo. Una baba gelatinosa y verde cubrió la abertura del tronco y quedé allí, encerrada como en un capullo, larva a punto de nacer. Cuando vi su rostro bañado en verde, comprendí que Juan José estaba unido a mí por otra forma del amor. Éramos dos seres de diferentes mundos, encontrados por un instante del universo y emparejados para siempre a través de las moléculas atómicas que trasmitían nuestros sentimientos. 


(Nunca dejaría de amarte, y nunca te volvería a ver. Ya no importaba, eras mío en lo más profundo, compartíamos las células, las visiones, el verde, podíamos no vernos y ser uno de todos modos)


Al regresar a la vida, retomé lo que había dejado por Juan José: visité a mis padres, a mis hermanos; los amigos volvieron a ser amigos, me matriculé en las materias de la facultad y todo parecía haber terminado. Por fin era libre, si bien no entendía lo que había ocurrido, tenía una paz nueva, casi desconocida. Yo no pensaba en él todo el día, ya casi ni pensaba. Hasta la noche en que me llamó. Quería verme. Corrí a abrir la canilla de la ducha, y mientras se calentaba el agua, tendí sobre la cama dos vestidos. 


(¿Qué había pasado con la sanación del chamán? ¿Por qué ahora iba a recibirte momentos después de que me llamaras? Si yo ya no te necesitaba, te había expulsado de mi cuerpo a través de un vómito salvador, te había escupido como el sapo que eras. La unión imaginaria era sólo parte de la sanación, una fantasía necesaria para soportar el no verte nunca más)


Al salir de la ducha, con baño de crema incluido, adobé mi cuerpo con aceite de almendras, lo perfumé con tu aroma predilecto, elegí el vestido negro y llegué a maquillarme justo a tiempo para cuando tocabas el timbre. Eché una última mirada al espejo y acomodé mi pelo, empolvé los brillos de la nariz y respiré profundo. Abrir la puerta sería un acto de venganza, y aunque yo no lo entendiese, me entregaría a Juan José como antes. Apoyé la mano en el picaporte y al abrir la puerta él estaba allí, parado y verde, viscoso y brillante. 


(Entre croares, dijiste no saber por qué te habías convertido en eso que eras. Tu lengua, afilada, pegajosa, asomaba entre las palabras. Temí que pensaras que era mi culpa y me abandonaras otra vez. Callé. Quizás, con los días, tu cuerpo también se transformaría o tu boca dejaría de hablar. No importaba, mi pasión trascendía todo aquello) 


Hoy tenemos un estanque en la sala con plantas acuáticas en los bordes y eliminé los insecticidas: descubrí que a Juan José le gustan los mosquitos de ciudad. Aunque a veces extraño su voz, me basta con amarlo. Y cuando tengo algo importante que trasmitirle, le escribo cartas con tinta indeleble. 


  • Autor: Anahí Almasia