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Dostoievski, Kafka y Faulkner

, dibujantes

Como complemento de sus ficciones o por mero gusto, estos tres gigantes de las letras desarrollaron su pasión por el dibujo. Hoy, esas ilustraciones circulan reunidas en libros y se exhiben en museos. Algunas de esas imágenes prueban un talento inusual.


Por V.A.

 En los borradores de sus novelas, Fiódor Dostoievski dibujaba retratos de hombres, mujeres y chicos, bocetos arquitectónicos, arcos y ventanas góticas. Es porque ideaba parte de sus historias a partir de dibujos e ideas que después intentaba desarrollar con palabras.  Los especialistas en su obra aseguran que primero dibujaba las cabezas de sus personajes y luego se esforzaba por describirlas con palabras, poniendo ‘en acción’ a esos modelos ilustrados.  

  El ruso tenía la costumbre de trabajar en un primer borrador en el que incluía esos dibujos, y también dibujaba cuando se atascaba o dispersaba con los personajes o en algún momento con la trama.  Se implicaba más con las novelas a partir de esos dibujos. Hace unos años, estos se expusieron en la Universidad de Columbia de Nueva York.  

   Las ilustraciones pueden clasificarse en función de tres grandes temas: la arquitectura, la caracterización humana y la caligrafía. En palabras del investigador de literatura rusa Konstantin Barsht, “Dostoievski no se conformaba con escribir o tomar notas, sino que se movía en el espacio-tiempo de su particular universo artístico con significados y significantes que interactuaban con otros significados expresados visualmente, a través de las imágenes”.

  Franz Kafka fue, por su parte, uno de los más grandes creadores de todos los tiempos, y también expresó en una serie de dibujos el mismo sentimiento atormentado que define sus ficciones.

  Antes de morir, el escritor checo encargó a su amigo Max Brod que destruyera sus textos y se deshiciera también de los dibujos que había empezado a bocetar a los 15 años. Para fortuna de sus futuros lectores, Brod desobedeció el mandato: gracias a él sobreviven las obras literarias y los dibujos del autor de la Metamorfosis y El proceso, El castillo y América.

  Se conocen, hasta aquí cerca de cincuenta dibujos de Kafka: imágenes recuperadas de cuadernos de clase, libretas personales y diarios del escritor, aunque se presume que habría más de ellos, celosamente guardados en cajas de seguridad en Israel y Suiza. Quien conoce el secreto, Esther Hoffe, asistenta de Max Brod y heredera de su legado, que no ha querido hasta aquí aportar detalles al respecto.

   Algunos de los dibujos  conocidos estaban originalmente acompañados por reflexiones o comentarios. La mayoría corresponde a los años en que el joven Franz -que había tomado clases elementales de dibujo en la escuela primaria- cursaba Derecho en la universidad (1903-1905) y se entretenía garabateando figuras y caras en los márgenes de sus cuadernos.

  El arte del dibujo parece haber sido para él, por un lado, una expresión de su amor por las artes plásticas, y por otro, una forma alternativa de composición de relatos, como él mismo admitía. "Mis dibujos no son imágenes, sino una escritura privada", dijo en cierta oportunidad. "La pasión está en mí. Desearía ser capaz de dibujar. Quiero ver y aferrar lo visto. Ése es mi deseo."Brod declaró en este sentido: "Su pensamiento se construía en forma de imágenes".

  La temprana vocación por el dibujo de Kafka se remonta a su adolescencia; fue entonces cuando dos cuadros en el escaparate de una tienda le produjeron un fuerte impacto. La figura del pintor Titorelli en El proceso podría ser una proyección de esa veta artística que el escritor checo no desarrolló profesionalmente, pero que lo cautivaba en la intimidad. En la madurez admiraba el arte japonés y las pinturas de Van Gogh. 

  Su amigo, el artista Fritz Feigl, definía las obras de Franz como expresionistas, mientras que Brod -que siempre expresó su intención de publicar un libro como éste, pero no llegó a hacerlo- entendía que respondían a un escrupuloso realismo.

   Hay quienes argumentan que los dibujos complementan la obra literaria y hay quienes desestiman la posibilidad de que esos experimentos de novato puedan compararse con la literatura de Kafka. Sea como fuere, vale la pena verlos, desoyendo la visión del autor, que desestimaba su propio talento. En 1922, dos años antes de su muerte, Kafka dijo: "No son dibujos para mostrar a nadie. Tan sólo son jeroglíficos muy personales y, por tanto, ilegibles. [...] Mis figuras carecen de las proporciones espaciales adecuadas. No tienen un verdadero horizonte. Los dibujos son rastros de una pasión antigua, anclada muy hondo. Vienen de la oscuridad para desvanecerse en la oscuridad." Pero al parecer, se equivocaba.

  Otros escritores que utilizaron el dibujo como un medio para complementar o profundizar sus historias fueron Antoine de Saint Exúpery, quien se encargó de ilustrar por primera vez El principito (los originales se encuentran en The Morgan Library & Museum de Nueva York), Flannery O’Connor, y el norteamericano William Faulkner. Estos últimos se encuentran reunidos en el libro ‘William Faulkner: Early Prose and Poetry’, que también recopila relatos y poemas de su juventud.

  Entre 1916 y 1925, la Universidad de Mississipp -a la que Faulkner asistió durante tres semestres- pagó al futuro premio Nobel  por los dibujos que se publicaban en el periódico escolar Ole Miss y su revista de humor, El grito. Algunos de esos dibujos muestran la influencia del arte-deco, así como del de ilustrador inglés Aubrey Beardsley, uno de los más notables críticos de la sociedad victoriana, satírico e implacable, cuya obra despertó admiración y escándalo durante los últimos años de 1880.

  La carrera de Faulkner como dibujante duró poco, y dio lugar a su pasión y compromiso definitivo con la literatura.


  • Autor: Veronica Abdala