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Diario de una bailarina

Malena Beer

Malena Beer es argentina y se recibió de socióloga en su país aunque de muy chica se sentía atraída por la danza. La pasión por el baile la llevó a concretar un largo y trabajoso recorrido, y esa búsqueda personal la condujo hasta París, donde ganó reconocimiento y bailó en sitios como el Palais de Tokyo y el Espace Louis Vuitton. Ahora fantasea con volver, y mostrar su arte en Buenos Aires. Cuenta su historia en Mercurio Contenidos.


  La primera imagen que emerge cuando pienso en la danza es una de mi primera infancia: los pies descalzos enterrados en la tierra húmeda y el pecho abierto en flor en una elevación hacia el cielo esférico. 

  La sensación de vértigo, adrenalina, de abandonarme a hacer torbellinos, giros espiralados en el aire. Lanzarme a una danza que, casi como un rito, me disuelve en un mundo redondo, esponjosos y envolvente. Poder trasladar esa sensación al mar y dejarme correr por la orilla, atravesar el viento y ser devorada por la infinita inmensidad marítima. Esos momentos mágicos me daban la evidencia de lo que era ser plenamente y mi necesidad de expresarme con el cuerpo y el movimiento. 

  Otra imagen se me aparece y en un salto me encuentro en la mesa del living, descubriendo la musicalidad, moviéndome al ritmo vinílico de Dona Summer, Rolling Stones, Cat Stevens…

  Luego me llegaron las «etiquetas » sociales y, equivocadamente, con el deseo de ser «bailarina profesional» a los 5 años le pedí a mi madre comenzar con clases de ballet. Me encontré encorsetada y sofocada en los códigos formales y estándares preestablecidos de la danza clásica. Con la evidencia de que ese no era mi lugar, a los 8 abandone el ballet, para experimentar expresión corporal, gimnasia deportiva, danza jazz. Pero nunca encontré allí esa libertad y capacidad de expresarme que inconscientemente estaba buscando y que ya había experimentado por mi cuenta. Así fue que a los 10 años dejé por un tiempo la danza. Pero a los 15 descubro por una amiga la danza contemporánea (que desconocía) y tomo clases con mi primera maestra, Ana Kamien, en la escuela de Margarita Bali. Encontré en su pedagogía, dulzura y técnica la posibilidad de «ser» y de descubrir nuevos mundos. Fue así que tuve la certeza que nunca más abandonaría la danza y que se había instalado en mi vida para siempre, que era para mí una manera de «estar» en el mundo. 

  La presión familiar por realizar estudios universitarios me gana y a los diecisiete me introduzco en la carrera de Sociología. Fue una elección vinculada a mi curiosidad intelectual, sensibilidad e indignación por las desigualdades sociales. Continúo estudiando danza contemporánea con diversos maestros (entre los que destaco a Teresa Duggan y Marina Giancaspro), entre libros de Marx y Michel Focault, y timbreando puertas. El trabajo de encuestadora me permitía pagarme mis clases de danza. 

  La falta de tiempo y dinero para dedicarme al estudio de la danza plenamente y mi espíritu de libertad me llevan a trabajar sola, a investigar la danza de manera autodidacta buscando mi propio lenguaje, mi manera personal de expresarme con el movimiento. También aprendo y me enriquezco concretando proyectos coreográficos independientes, así como integrando la compañía de Teresa Duggan. 

  El día que me tomé un avión para París, marcó un antes y un después en mi vida.

  El viejo continente me atrajo por mi ansia de ampliar mis conocimientos y puntos de vista, del mundo, sobre todo de la danza y al fin y al cabo de mí misma. Esa curiosidad estaba también vinculada con la necesidad de abrir y cuestionar lo conocido, de vincularme con lo “otro”, lo “diferente” (un “otro” que al mismo tiempo no es tan ajeno ya que mis abuelos eran de origen europeo). 

  A pesar de lo duros que fueron mis primeros años allí se trató al mismo tiempo de una maravillosa oportunidad para dedicarme de lleno a la danza y al arte. Por primera vez en mi vida no solo me entreno diariamente en un programa de training para bailarines profesionales sino que tomo talleres intensivos con coreógrafos de renombre de todo el mundo. La ciudad de las luces, me da también la posibilidad de ver espectáculos de directores y coreógrafos franceses y extranjeros, inspiradores y enriquecedores. Así como también me perdí en los pasillos de los museos y galerías, me zambullí en las abarrotadas bibliotecas de libros y films de danza, teatro y arte en general. Gané una beca, que me permitió abrirme al conocimiento del arte y las nuevas tecnologías. 

  Fue también un momento de ahondar en mis conocimientos del yoga, que apenas había comenzado meses antes de partir. Ese viaje al exterior fue al mismo tiempo una necesidad de realizar un viaje interior. El yoga era también un complemento necesario a la danza, mientras con la ultima el cuerpo es instrumento para «otra cosa», casi « un sacrificio para los dioses »; en el yoga, el trabajo con el cuerpo envoltorio del alma, es un fin en sí mismo, se aprende así tanto a cuidarlo y a sanarlo como a conocerlo más sutil y profundamente. 

  El yoga se transformó poco a poco en mi entrenamiento cotidiano, no solo permitiéndome entrenar el cuerpo, sino también la mente y el espíritu, abriéndome nuevas percepciones y niveles conciencia. Poco a poco despejando lugares físicos de tensión o de memorias anquilosadas, se abren nuevos paisajes internos permitiéndome ver el mundo desde nuevos puntos de vista. Se transforma también mi manera de bailar, estando cada vez más presente y conectada con el espacio sin preocuparme por el resultado o la mirada exterior. 

  Con deseos de profundizar mis conocimientos de esta disciplina milenaria, me formo en una Escuela de Ashtanga en Paris, así como con maestros de renombre internacional y viajo regularmente a India. 

  En el transcurso de esos años, trabaje como interprete para algunas companías francesas que desarrollaban espectáculos en dispositivos escenográficos que creaban una cercanía con el público. Paralelamente, me sumergí en la creación de solos como una manera de descubrir y crear mi propio lenguaje. Me intereso en las nociones de «falla», «desvío » o «anormalidad » como fisuras que nos permiten encontrar nuevas maneras de ser y de estar en el mundo. Creo obras como « Nobody's Home: retrato polimorfo de una mujer» (desarrollado con el apoyo de Ram-Dam lugar de residencia y producción artística creado por Maguy Marin y presentado en Francia y Argentina) o «Anomala », dúo para una bailarina y un ser virtual (Espectáculo multimedia coproducido por Le Cube: Centre de Création Numerique, presentado en Francia y Brasil). 

  Me abro también a la exploración del video danza colaborando con Margaret Dearing en la creación e interpretación de una serie de video instalaciones que interrogan y cuestionan la relación del cuerpo al espacio urbano y la arquitectura. Trabajos presentados en varios festivales de video danza de Francia, Japón, Brasil y Argentina. Colaboro también con Miryam Lefkowitz en el desarrollo de The Eye Walk, performance en el espacio urbano.

  Gracias a estos proyectos descubro y me fascino con la riqueza y la potencia de la danza fuera del escenario teatral en un dialogo intimo con la arquitectura e inmiscuyéndose en la vida real, revelando nuevos posibles. Salir de la producción "teatral" me permite también alivianar la producción y poder crear más fácilmente, ya que si bien mis solos fueron muy bien recepcionados y apoyados por instituciones, no logre hacerlos "girar" lo suficiente por Francia y Europa como para poder sustentarme: las puertas no se me abrían fácilmente ya que mi ecléctico camino con la danza no correspondía con la línea recta y escalonada de la cultura francesa. Pero persisto en continuar a crear a pesar de las dificultades económicas ya que para mí producir la danza es una fuerza vital, mi manera de comunicar y de estar en el mundo.

   Poco a poco me dedico entonces a desarrollar perfomances en espacios no convencionales, como museos, pasajes, calles. Confluyen allí mis caminos con la danza, la sociología y el yoga y nace de esa alquimia una nueva manera de crear y de concebir a la danza. Ya no se trata de producir un «objeto » artístico a ser apreciado desde el exterior, sino de crear una experiencia estética, perceptiva, que involucra e interroga, directa o indirectamente, tanto al «espectador » como al contexto intervenido. Partiendo de un «errar » y/o del «error », y de un estado modificado de conciencia, como una manera de cuestiona la fijeza y la correspondencia habitual entre las cosas, busco encontrar nuevas relaciones sensibles y lingüísticas, nuevas maneras de coexistencia, de estar juntos.

  Desde 2012 mi trabajo ha tomado ese nuevo vuelo y afortunadamente las puertas se me han abierto, pudiendo presentar mis performances: en el « Wiels » Museo de Arte Contemporaneo de Bruselas (Endless); en el Espace Louis Vuitton de París (Endless) ; en el Palais de Tokyo en donde vengo trabajando desde principios del 2014 y presentando una serie de proyectos : Un-Visible: Performance para un espectador, un performer y un espacio, Un-Visible#2 e In-Between: Performance para 7 performers, un grupo de espectadores y un espacio sonoro y sensorial y en el Centro Cultural Coreano de Paris (Re/pression creada junto a Gaspard Guilbert).  

  Próximamente parto para Suiza para participar de un festival, así como estoy sembrando nuevas creaciones. 

  Cuando hoy bajo la mirada y miro mis pies, que siempre vi y veo muy chiquitos, pero inquietos; y miro para atrás las siluetas de mi recorrido, no puedo dejar de alegrarme y de estar agradecida por hacer y dedicarme a lo que me gusta y me apasiona. Entonces, como cuando era una niña no puedo dejar de elevar el pecho, abrir los abrazos y ponerme a girar. Es para mí un homenaje a la vida y a mi querida Abuela Chicha, a quien algun día etiquetaron y fijaron en el lugar de "loca", y quien me enseñó el camino de la libertad. 





  • Autor: Malena Beer
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