Dixit

Los Kennedy, de Jorge Repiso

Adelanto del primer capítulo


Son tres hombres que transitan su madurez y que, sin embargo, parecen estar descolocados ante el mundo. A través de sus posturas podría adivinarse la personalidad de cada uno. Ninguno sonríe. Muy ocupados en sus pensamientos, apenas le prestan atención al fotógrafo que los invita a mirar hacia la cámara. La orilla de la patria se ve lejos pero está muy cerca, tanto, que se divisan las suaves hondonadas de las barrancas. Ese pedazo de tierra a la distancia es Entre Ríos y es doloroso verlo porque es el suelo de la provincia donde nacieron y se criaron. Es, también, el lugar desde donde tuvieron que escaparse. Los tres se involucraron en una revolución en contra de una dictadura y dos de ellos tendrán que esperar cinco años para volver a pisar suelo argentino. El restante lo intentará once meses después de la publicación del diario que los tiene como protagonistas. Parece mentira que hayan vivido semejante cantidad de tormentas. Sin embargo, ahí están, viendo las aguas tranquilas del río Uruguay que pasan por delante provocando pequeños remolinos cerca de la costa, pegando chasquidos. Difícil es saber qué piensan; hace pocos días cruzaron la frontera de apuro. Si los pensamientos hicieran ruido, todos se hubieran quedado sordos en ese momento. 

Transcurría el mes de febrero del año 1932 y el país atravesaba una crisis económica que, como en otras ocasiones, había llegado de afuera. Tres años antes, en los Estados Unidos, un modelo económico financiero se había derrumbado en cuestión de horas y las consecuencias se fueron desplazando, lentamente y como la plaga, hacia los países de la periferia. Para agravar las cosas, en la Argentina no hay nada mejor que un compatriota, o muchos. En 1930 se vivían problemas económicos en el contexto de un gobierno inerte y a merced de una oposición virulenta. En el mes de septiembre, finalmente, se quebró el orden constitucional. Con ese acto quedó inaugurada una seguidilla de golpes militares que se repetirían a lo largo de las décadas siguientes, hasta el último, en 1976. Una tropa de jóvenes cadetes avanzó hacia la ciudad de Buenos Aires haciendo sonar sus botas y a las órdenes de un general viejo que sacó de un plumazo a un presidente anciano, debilitado y criticado al que le quedaban dos años para intentar recomponer la situación. Nadie quiso atender razones y la ansiedad hizo que el bastonazo viniera de apuro. Una vez apoltronado en el sillón de Rivadavia, el militar golpista hizo lo que pudo. O lo que le ordenaron que hiciera. Pero él también estaba debilitado. 

Los hermanos Kennedy divisan el futuro. Cada uno lo hace a su manera, aunque con un mismo fin. El que viste de traje oscuro enfoca su mirada desafiante. El del medio es corpulento y está vestido de pantalón claro y saco marrón; es el único que levanta la vista hacia el río y su país. Sentado en el piso de tierra, con la cabeza gacha, el tercero viste de punta en blanco, literalmente. Mira las piedritas que dejó alguna bajante y en ese gesto se lo adivina como el más reflexivo. Los hermanos están a punto de perderlo todo, si es que a esa altura ya no lo perdieron. Podrían salir a cazarlos en ese mismo momento, desarmados y tan frágiles de aspecto con sus corbatas y esa ropa limpia. Un simple cruce nocturno en canoas con tropas a bordo y nadie se enteraría. Pero los uniformados no son tan tontos: se cansaron de pelear con ese ínfimo puñado de hombres y saben que no se la van a llevar de arriba. Ya pensarán alguna forma de captura; ya corrió demasiada sangre y artillería y la humillación sufrida nunca se podrá olvidar. Los hombres de armas hacen una cuenta simple y el resultado resulta catastrófico: unos cuatrocientos efectivos movilizados y procedentes de varias provincias no pudieron agarrarlos. Tendrán que esperar a que esa vergüenza se diluya, hacer todo lo posible para que los días de enero queden en el olvido. Será a costa de hablar de otra cosa, de sentarse a tomar mate para contar esa historia como si le hubiera pasado a otros. Será un tiempo de aplausos y colocación de placas recordatorias para homenajear a los caídos. Será a fuerza de acostumbrarse a las irrupciones que ejecuten los militares allá abajo del mapa, en la Capital, como si esa ciudad quedara en otro país. O, a falta de memoria —tal vez, una desmemoria inducida—, se evitará que se enseñe en las escuelas argentinas. Una historia con formato de película de tiros para contársela a los hijos, a los nietos y a los curiosos.

¿Fue el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930 una revolución? ¿Acaso fue un acto subversivo tal como se entiende la palabra «subversión»? Tanto se insistió en llamar «revoluciones» a los derrocamientos que desde entonces la confusión quedó instalada cuando, en verdad, la democracia es lo establecido y la subversión es precisamente el acto de subvertir ese orden. Para que exista una revolución debería haber por lo menos un rechazo generalizado de la población involucrada en los hechos. Uriburu avanzó por la ciudad de Buenos Aires; no a través del país. No reclutó a miles de ciudadanos; tampoco movilizó tropas de cuartel. La autoproclamada «revolución del 30» ni siquiera contó con el consenso general del ejército del cual provenía. Porteños y algunos cientos de bonaerenses fueron los únicos testigos del paso marcial de los cadetes que fueron repelidos tí midamente y en inferioridad numérica a diez cuadras de la Casa Rosada. Los manuales afirman que, una vez instaladas, las revoluciones deben ejercer el poder y aplicar recursos contrarios a las fuerzas a las que se oponen. En todo caso, Uriburu y sus acólitos nacionalistas protagonizaron una revuelta que tuvo como objetivo la remoción de un viejo y gastado líder que ya estaba herido de muerte desde mucho antes. El poder de ciertos sectores, sumado al de una prensa influyente y concentrada en la Capital, les dio una mano para que la ciudadanía aceptara la nueva realidad como una promesa de cambio. El gobierno de Uriburu no mejoró la situación general. «Nada me hará cambiar el rumbo», dijo una vez el general que no tenía otra preocupación que la interna militar por el poder. ¿Fueron espasmos revolucionarios los levantamientos de militares adictos al yrigoyenismo? ¿Podría llamarse revolución a la participación de civiles en actos de rebeldía contra la opresión? Los Kennedy lo arriesgaron todo y dejaron la buena vida en el camino. Décadas más tarde, un médico llamado Ernesto Guevara también abandonó un promisorio futuro y la cómoda existencia citadina para ir a esquivar balas en un país que ni siquiera era suyo. Guevara pasó a la historia como un revolucionario. ¿Qué hubiera pasado si la historia de los hermanos Kennedy se hubiese contado? 

La Argentina queda a media legua desde la orilla del Uruguay. Los Kennedy deciden aguardar a que cambien los vientos, que la tormenta política y militar amaine para volver a intentarlo. Como hombres de campo que son, entrecierran los ojos como concentrándose para ver mejor. Del lado contrario, algunos oficiales despliegan mapas en las mesas y ensayan juegos de guerra contra un ejército minúsculo que intelectualiza, ejecuta y tiene como mayor capital la convicción democrática y el desapego por lo material. Para que vuelva la democracia violentada, los hermanos Kennedy se plegaron a un acto de rebeldía regional y debieron renunciar a todo: la familia y los campos de la estancia de La Paz, esa pequeña ciudad entrerriana recostada sobre el río Paraná. No importó dejar de lado el bienestar y la holgura de ánimo que proporcionan la abundancia econó mica y el estatus social. Eduardo, Roberto y Mario terminaron de posar para la sesión fotográfica. El reportaje será publicado al día siguiente por el diario argentino de mayor tirada, propiedad de un viejo amigo de la familia nacido en el Uruguay. Ahora están sentados en los sillones mullidos del hotel de la ciudad de Salto, donde se alojan. —Bueno, señores, nos queda estar atentos a las noticias nomás. Nunca nos lamentamos y tampoco nos servirá llorar ahora. Miremos bien la calle, que hay gente rara espiando. El que habla es Eduardo y sus hermanos aceptan la sugerencia sin sorprenderse. A pocos pasos, el fotógrafo carga con su pesado equipo y el cronista guarda su libreta en uno de sus bolsillos porque lo aprieta el tiempo para transmitir la nota por el telégrafo. Los Kennedy tienen otras preocupaciones pero viven sin apuro. Saludan a los cronistas y se encierran en sus habitaciones de hotel para arreglarse porque por la noche, y una vez más, cenarán juntos. Durante la sobremesa, Mario repetirá la rutina de sentarse a ese piano de cola negro que ocupa gran parte del salón. Sus dedos se apoyarán en las teclas tratando de endulzar las horas que quedan del día.