Dixit

Espera.

Postales Navideñas de Victoria Mora

- Entrá,Irma- gritó mi mamá desde el otro lado del paredón.

- Abuela, te llama mamá- dije, pero mi abuela hizo como si nada existiera a su alrededor.

- ¿Dónde estás Julito?- en un susurro le escuché decir el nombre de mi papá.

- ¿Qué hora es?- gritó sin moverse de la vereda

            Mi abuela no usa reloj, nunca sabe qué hora es. Se maneja por lo que siente y por el sol: si tiene hambre almuerza aunque sean las oncede la mañana. No bien cae el sol se va a dormir. Una vez se lo pregunté, ella me contestó que si no había necesitado reloj en el campo gallego, tampoco iba a usarlo ahora.

            -Falta media hora para las doce, vení a comer Irma- volvió a gritar mi mamá.

- Andá, entrá vos- medijo dándome una palmada en la espalda.

- Vamos, abuela, dale entrá con nosotras- por toda respuesta apoyó su mano en mi hombro dándome apenas un leve empujoncito.

Corrí hasta el portón, antes de entrar me di vuelta, la vi secarse las lágrimas con el delantal que siempre llevaba puesto.

 Adentro mi mamá fumaba y miraba televisión sentada a la mesa de la cocina. Cuando me vio entrar se paró, apagó el cigarrillo a medio terminar en el cenicero y me pidió que la ayudara a poner la mesa. Abrió las puertas del aparador donde mi abuela guardaba sus mejores platos. Nunca nos dejaba tocarlos. Mi mamá sacó tres. ¿Y para papá? le pregunté. Cerró la puerta de vidrio en silencio, abrió el cajón de los cubiertos y sacó tres pares. Buscó los vasos y me hizo señas con la cabeza para que la siguiera. Cruzó las cortinas de plástico, esas que de noche molestaban pero durante el día cumplían la función de no dejar entrar las moscas. Todas las noches mi abuela se encargaba de atarlas en un solo ramo y engancharlas a un costado en un gancho que había puesto mi papá. Esa noche se había olvidado, tampoco había puesto los espirales. Mi mamá había dicho que no sabía dónde estaban y nos había puesto off a mí y a ella. Yo le había  señalado arriba del aparador donde asomaban los sobres blancos cuadrados, otra vez no había dicho nada.

            Pusimos la mesa en el patio bajo la parra, en eso mi abuela no negociaba. Mi mamá y yo queríamos adentro para mirar la tele, pero ella insistía que las fiestas se celebran afuera y escuchando la radio. Siempre radio colonia. El mantel de hule despedía olor a lavandina. Mi mamá se quejó.Meses viviendo con mi abuela pero ella no podía acostumbrarse. Por donde pasaba mi abuela con su trapo mi mamá prendía sahumerios que mi abuela le soplaba para que se consumieran más rápido, me miraba y me guiñaba un ojo. Yo nunca la delaté, prefiero el olor a lavandina y los sahumerios me hacen estornudar.

            La mesa quedó puesta. Mi mamá sacó un cigarrillo delatado y empezó a servirse ensalada. Servite lo que quieras, me dijo. Y otra vez no contestó cuando le pregunté si no íbamos a esperar a los demás. Estábamos en eso cuando escuchamos el portón, por un segundo tuve la certeza de que eran dos las personas que entraban, pero duró lo que tardé en levantar la vista. Sólo mi abuela. Se sentó, no se sirvió nada. Le alcancé la ensaladera con papa y huevo porque sé que es su favorita, se sirvió apenas dos cucharadas y me las devolvió. El locutor de la radio presentó la que dijo iba a ser la última canción antes de las doce. Mi mamá suspiró y dijo que debíamos ser los únicos todavía cenando a esa hora. Mi abuela ni la miró.           

 En ese momento se escuchó el motor de un auto. En la calle oscura solo se distinguían dos luces amarillas. Mi abuela tiró los cubiertos sobre la mesa, se sacó el delantal, se acomodó el pelo y salió caminando al portón con una sonrisa. Mi mamá se metió para adentro, yo me quedé sentada a la mesa. Eché un vistazo al árbol de navidad aunque hacía rato que ya no creía en Papá Noel. Estaba vacío. En la radio dieron las doce y el cielo del barrio se iluminó de pronto con fuegos artificiales siempre ajenos.