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La ola de calor

Por Patricia Suárez

La ola de calor


¡Ay, ay de la gran ciudad!


I.

Ocurrió en la época en que la nena y yo estábamos solas. En aquel entonces mi marido se había ido de viaje a las islas Canarias. No puedo precisar a ciencia cierta qué cosa estaba haciendo él allá que lo demoraba un mes entero, hasta era posible que estuviera traficando alguna droga entre los nórdicos nudistas que atestaban la playa, si no fuera porque su honestidad lo hubiera vuelto un perfecto idiota a la hora de traficar droga. Pero pudiera ser que lo estuviera reteniendo allí una nórdica nudista; esta idea pasaba con frecuencia por mi mente. Ésta última idea y muchas otras de las que prefiero no acordarme.  

Aunque Buenos Aires no es una ciudad demasiado calurosa, sabía llegar con tranquilidad a los treinta grados. No era como mi ciudad, al norte, o como Santa Fé donde el verano tiene un promedio de cuarenta grados centígrados. Durante el invierno aquí se siente a veces la Sudestada. En mi ciudad, el viento de la Sudestada no existía; existía el Viento Norte, al que todos llamábamos de los locos.€ Ráfagas de aire caliente, como vapor de ducha, que hacía que la gente se pusiera irritable y se peleara entre sí. Mi marido, que era de San Juan, decía que el Zonda era peor: que la arena que trae arrastrando el Zonda lastima y horada la piel. Pensándolo bien, no sé si me dijo lo de la arena, a lo mejor es un invento mío. 

A mí el calor me gustó siempre. Yo creo que así como hay gente que prefiere los perros a los gatos y viceversa, hay gente que florece con el verano o con el invierno. Yo soy veraniega. Desde hacía años tenía la costumbre casi graciosa de combatir el calor leyendo libros de literatura rusa, historias que sucedían en la helada estepa o entre la nieve de Siberia. Eso moderaba mi temperatura: a través de la imaginación el ser humano es muy influenciable.


II.

La niñera original de mi hija, es decir, aquella con quien mi hija Juanita se sentía cómoda, se llamaba Judy. Cuando hablábamos de ella con mi marido le decíamos la dulce Judy, por la famosa balada de Los Beatles. No fue la primera. Mi hija tenía un largo historial de niñeras, como un Casanova lo tiene de sus amantes. Ella era activa y exigía atención, yo no era muy exigente con las niñeras, les pagaba lo mejor que podía y siempre me parecía poco, y tampoco sabía cómo echarlas cuando no me satisfacían. Inventaba excusas, les decía que me iba de viaje, que me había peleado con mi marido y me iba a lo de una amiga a pasar unos días, etcétera. Luego ya no las llamaba más. Romina, Pamela, Nerina, Melina, Noelia, Brenda, Belén, Evelyn, Zoe, Natacha. A veces sus nombres se me confundían y resultaba embarazoso. Algunas eran quinceañeras, pero ninguna de ellas tenía más de veintidós años. Cuidaban chicos para hacerse de algún dinero con que cubrir sus estudios, o para las salidas. Las últimas tres se sucedieron de manera vertiginosa, y al cabo mi hija y yo nos quedamos solas, sin ninguna de todas ellas. Lo del viaje de mi marido aun no era seguro y yo pensaba trasladarme a mi ciudad, visitar a mis padres, dar paseos por la costanera y el río. Pero no ocurrió así: Judy se fue para las fiestas de fin de año, mi marido unos días después, las otras niñeras resultaron unas ineptas y la nena enfermó de broncoespasmo y debimos quedarnos. Yo pensé entonces y como último recurso que podría dedicarme por completo a mi nena, si prescindía de trabajar. Me gustaba mi trabajo, lo hacía en mi casa y no quería interrumpirlo. Pero no veía modo de seguir adelante con esas chicas distraídas, traviesas, inoperantes, a las que mi hija se les caía, las fastidiaba, les reclamaba atención en vano. Permanecimos las dos solas y juntas, en medio de la oleada de calor: yo un poco nerviosa y ella con sus bronquios sufriendo espasmos, una clase de reacción a la realidad que yo también había padecido hasta los dos años. 

Cuando ese enero Judy partió a su pueblo a visitar a su familia, no pensamos que se nos iba a hacer tan difícil el verano. Ella vivía en el sur, sobre una rada al lado del océano; en la Patagonia el océano es de color índigo. No meramente azul, sino índigo o peltre. Me gustaba mucho cómo era Judy, a los tres nos gustaba mucho, la extrañábamos. Cuando pasó lo de la ola de calor me alegré de que ella viviera tan lejos, estaba segura allá, en el sur la gente no se insolaba, no se moría deshidratada, no andaba a los tumbos o desmayada. 


III.

Yo siempre había querido ser escritora. Yo escribía a diario, a pesar del calor, en medio de la siesta, en medio de la noche, sudorosa, bebiendo jarros enteros de café frío, café instantáneo al que metía dentro dos cubitos de hielo. Me gustaba el sonido del tintineo del hielo dentro de la taza, como un cascabeleo, como el telegrafiar mis ideas de la cabeza a la mano. Nadie podía entender cómo lo hacía yo, cómo lograba concentrarme, deslizarme entre sintagmas como esquiadores haciendo slalom. Era porque enero me gustaba. Había escrito pocos cuentos, pero los mejores los había hecho durante el mes de enero. Era un mes que me traía suerte. También octubre y noviembre –porque eran los meses en que comenzaba el calor-, y marzo –el de mi cumpleaños-, pero ninguno era como enero. Durante el primer mes del año yo era yo misma.  

Fue en esos días cuando soñé que recibía una beca con el fin de viajar al Polo Norte para escribir una novela. Supongo que tenía calor, todo el mundo tenía calor en esos días. Las sábanas se pegaban al cuerpo durante la noche, los colchones se recalentaban. Mi hija Juanita no soportaba su cuna y yo la llevaba a mi cama a dormir conmigo. Mi marido censuraba esto, porque decía que podría salirnos lesbiana después; pero, sinceramente, a la vista de lo que han sido mis dos matrimonios tal vez el lesbianismo no hubiera sido para ella el peor destino. Me levantaba en la madrugada, me bañaba, me ponía desnuda y mojada delante del ventilador. Al día siguiente perdía la voz; no me importaba. A una amiga que trabajaba en un estudio contable con aire acondicionado, solían preguntarle si el cambio de temperatura no le hacía mal, si no le convenía pedir a la empresa que desconectaran el aire acondicionado y pusieran en cambio ventiladores. Mi amiga meneaba la cabeza, respondía: “El ventilador no me hace mal; lo que me hace mal es el contacto con la realidad”. 

Antes de mitad de enero llegó a haber treinta y cinco grados centígrados. Además, algo que dicen que no existe en otro país que en Argentina, y es el dato de la sensación térmica: alcanzaba los cuarenta grados. La sensación térmica es algo muy subjetivo, creo yo, pero las calles estaban vacías, el asfalto hecho un caldo blanco, lunar; la poca gente que se deslizaba iba con sombrillas, bebiendo agua mineral de botellas plásticas, todos medio desnudos. De las personas que yo conocía sólo dos permanecían indiferentes al calor y hasta bienhumorados: un paraguayo de Asunción, y un colombiano de Barranquilla.  

En la tele decían que la tormenta reparadora no tardaría en llegar y la temperatura bajaría cuatro o cinco grados. Esta era una simple ola de calor que estaba sufriendo el país, y así como había venido se iría. Fue varios días después cuando comenzaron a hablar de un coletazo de la corriente del Niño, del efecto Galápagos -del que nadie entendía bien qué corno era- y de la necesidad de arrepentirse y tomar conciencia de la mala conducta que teníamos respecto del medio ambiente, el agujero de ozono y otras cuantas cosas más. Pero mientras en el noticiero hablaban del medio ambiente, en programas más amarillistas hablaban de la necesidad de arrepentirnos de nuestros pecados. Invitaban a distintos programas a pastores, curas y rabinos, y hablaban ya de Sodoma y Gomorra, de Nínive, y de Egipto, y cuando llegaban al tema de las plagas, no se ponían de acuerdo entre sí en la enumeración y se peleaban en cámara. 


IV.

El rabino que iba a los programas se llamaba Daniel Grinburg, era pelirrojo y no tendría más de treinta y cinco años. Miraba a los demás con una sonrisita menuda, con dientes parejos que brillaban en cámara. Sus ojos azules como estrellas reían también. Esta imagen “ojos azules como estrellas” es muy trillada, lo sé. Pero no encuentro otra manera que se adecue más a definirlos. Tenía los rizos rituales delante de sus orejas y hablaba muy pausado. No parecía preocupado; instaba a la población a permanecer tranquila y a abanicarse. “Un abanico no cuesta más de dos pesos”, dijo. Yo pensé que con un hombre así podría volver a casarme: tendría con él cuatro hijos, o lo que aun me permitiera el cuerpo, me haría judía religiosa y me afeitaría la cabeza. Dejaría para siempre la literatura; a la larga, contar fantasías es un oficio vergonzante y quién sabe si Dios en el cielo no considera a los escritores unos viles mentirosos. Quizás los escritores acabáramos todos en el infierno leyendo cada uno en voz alta su producción literaria al otro: esto sería mucho peor que las llamas: era el horror. Respecto al calor infernal, otra amiga mía decía: “Lo bueno de esta ola de calor, es que si cuando muero voy al infierno, no voy a sentir mayor diferencia que en estos días.”


V.

Cuando la temperatura llegó a los treinta y seis grados y medio, explotaron las usinas eléctricas de la ciudad. Hicieron un intento de racionar el consumo eléctrico: la luz, pero sobre todo los aire acondicionados. La gente no debía tenerlos prendidos todo el día, decían los ministros por la tele y en la radio. La gente se encogía de hombros: a ver si en su casa ellos se reventaban de calor como pretendían que los demás lo hicieran. La gente dormía en el balcón, se metía en las fuentes de las plazas y paseos, se quedaba hasta la madrugada en los parques, conversando lo más animadamente posible con los vecinos. Una mujer embarazada de nueve meses, desesperada de calor, se cubrió el cuerpo con toallas mojadas luego de echarle baldes de agua al colchón. Trató de dormir ahí arriba pero al parecer el esfuerzo le provocó el parto y casi muere. Los ancianos caían redondos en la calle, deshidratados. Los medios de comunicación nos aconsejaban llevar puestas ropas blancas, zapatos abiertos, la cabeza descubierta, beber mucha agua, hasta tres litros diarios. En la radio, un locutor recordó un texto del Apocalipsis a propósito de nuestras ropas, lo recitó como en trance: “¿Quiénes son éstos que están vestidos de blanco, y de dónde han venido? (...) Son los que han pasado por la gran aflicción, los que han lavado sus ropas y las han blanqueado en la sangre del Cordero.” Agua recomendaban tomar, gaseosa no, porque la bebida gaseosa no hidrata. Mis amigos y conocidos habían dejado de consumir cerveza, aun la más helada, porque luego sentían un calor insoportable. Mi amigo de Barranquilla comenzó también a sentirse mal. “Debe ser la humedad”, decía, “este clima así sólo ocurre en Buenos Aires”. Bebíamos té frío, café frío, tereré, limonada, algunos le echaban glucosa a la bebida para que no les diera lipotimia. La gente empezó a hacer circular conocimientos ancestrales más o menos deformados: hay que mojarse las muñecas en agua helada, eso refresca todo el curso sanguíneo; los beduinos en el desierto beben agua caliente de una cantimplora que lleva el camello en la parte alta de la joroba y pierden la sed por completo; hay que ponerse hielo en la nuca, hielo debajo del sombrero, hielo donde el elástico del corpiño pega contra el pecho. Los chinos que vivían en mi barrio y tenían un supermercado aconsejaban hablar poco y retener el aire lo más posible; con este método, ellos luchaban contra el calor en la selva china. Al parecer, en la China también hay selvas, junglas; yo sé tan poco sobre la China que todo lo que me cuentan de ella me resulta asombroso. Cada relator repite para mí la escena de Marco Polo delante del Papa. 

Mi hija empeoró su broncoespasmo debido al gran calor y estuvo a punto de ser hospitalizada dos veces; el silbido de su pecho era audible a cierta distancia y se ahogaba durante la noche. La cuidaba como si fuera de cristal, tanto quería yo evitar esas internaciones: ponía el despertador para darle en horario los corticoides, los aerosoles. Cuando nació pesaba un kilo doscientos gramos y desde entonces me ha parecido por demás una criatura frágil, y tan angelical que temo siempre que Dios me la quite porque no me la merezco. El pediatra de la guardia ya la había atendido un par de veces en crisis anteriores, y enterado ya no recuerdo cómo de que yo era escritora, me envió unos poemas suyos que no entendí. No sé si la poesía debe entenderse, pero sus poemas no me emocionaron aunque sonaban bien escritos. Apurada por su necesidad de una crítica le dije que tenían un aire a Mallarmé. Tampoco nunca he entendido a Mallarmé, pero supongo que esto último es un problema mío y no del poeta francés. El pediatra dijo que me llamaría para salir pero nunca me llamó. Cada vez que me lo cruzaba en el hospital me decía: “Querida, querida Gloria...”. A mí me gustaba que me llamara así; cuando conocí a mi marido él me llamaba así, y también me escribía cartas en las que me decía “querida” y me lo decía en la cama cuando hacíamos el amor. Él logró que yo me reconciliara con la palabra “querida”; antes de él la usaba conmigo un amante que estaba casado y ante quien yo especulaba: me lo dice porque yo soy sólo eso para él: su querida. Ahora, la palabra “querida” me excitaba. Mi hija zafó todas las veces de la internación; está claro que se debía también a la atención cuidadosa del pediatra mallarmeano.


VI.

Hubo gente que murió. En la calle, insolados. En sus casas, deshidratados. Muchas veces no era la deshidratación la que los mataba, sino la caída, el golpe que se daban. La opinión pública montó en cólera. Todos los reportes metereológicos eran falsos, nunca llegaba la tan esperada tormenta, nunca llegaría: el río se estaba secando; en los parques los árboles murieron, las flores se marchitaron. Los perros perdían el sentido de la orientación y se arrojaban debajo de los coches. A los programas de televisión siguieron invitando a los sacerdotes de los distintos cultos, y mientras almorzaba en un restaurante al paso, volví a captar la imagen del rabino Grinburg sonriendo: “No hay que alarmarse, se han visto cataclismos peores en estos cinco mil años; piensen en Noé, aunque Noé...”, no terminó la frase, como si hubiera querido calificar a Noé de algo que no se atrevió en cámara. Permaneció su sonrisa en el aire, semejante a la del Gato de Cheshire en Alicia en el País de las Maravillas. “Seguro que en la sinagoga tienen aire acondicionados a reventar o generadores eléctricos”, dijo un comensal al lado mío, “los tipos calmados son de lo peor. Ya lo dice el dicho: del agua mansa...” El gran calor hacía que todos dejáramos las frases inconclusas, que nuestra memoria fallara, chapoteara en lagunas con un solo flamenco, que nuestras ideas se fugaran con la mujer del prójimo...  


VII

Mi marido llamaba pero yo no atendía el teléfono enseguida, sino cuando escuchaba su voz pronunciar como en una plegaria: “Gloria, Gloria, ¿estás ahí, Gloria?, por favor, Gloria...”; entonces yo levantaba el tubo. Me preguntaba cómo estaba yo, cómo estaba Juanita; no le daba demasiada importancia a la ola de calor que padecíamos los porteños; con voz filosa él me decía que estaba triste, angustiado: habíamos peleado antes de que se fuera y nuestro matrimonio pendía de un hilo. Estaba triste en las islas Canarias, adonde también hacía calor pero el calor no mataba ahí a las personas. La gente iba a la playa, se desnudaba, chupaban sorbetes de piña porque estaban en España y ‘helados de ananá’ es una expresión argentina, bebían refrescos y no gaseosa; leche de horchata o licor de bellota o cualquiera de esas cosas típicas de allá, y se desnudaban sobre de la arena y hablaban en canario y piaban y trinaban. Traté de explicarle que nuestro calor no era como aquel del que él hablaba, ¡había gente sufriendo!, pero no me comprendía. A la distancia es difícil entenderse a veces. Apenas nos conocimos nos fuimos juntos en pleno enero a una ciudad que quedaba a medio camino de La Gallareta –el pueblo donde nació mi abuela- y San Javier –el pueblo adonde creció su padre-. Había cuarenta grados centígrados de calor e igualmente hacíamos el amor todo el día. Cuando no estábamos haciendo el amor, estábamos peleando. La intensidad de ambas cosas marcó la clave de nuestra relación.

Mi concentración comenzó a mermar de manera alarmante la primera quincena de enero. Ya no podía escribir, y leer por tercera vez en mi existencia “Anna Karenina” no me refrescaba: estaba tan enojada con el género masculino en general que Vronski, de quien me he pasado varios años enamorada, me caía como un soberano idiota. Abandoné la lectura de Lermontov cuando el protagonista decide jugar a la ruleta rusa. Me deprimió la frase en que decía: “Nada puede ocurrir peor que la muerte, ¡y la muerte es inevitable!” 

En esas noches, en plena ola de calor, yo solía pensar que solamente dos clases de personas lo estaban disfrutando. Los vendedores de acondicionadores de aire, ventiladores y abanicos de papel o de cáñamo, que se habían enriquecido, y los amantes. Me asomaba al balcón y contemplaba el infinito horizonte de edificios tras edificios, ecuación que significa una gran ciudad, y en este caso Buenos Aires, y en el silencio absoluto se me antojaba sentir un jadeo, un gemido, un orgasmo.


VIII.

Mi madre dijo que iba a extrañar los alhelíes blancos, los únicos que dan perfume. El calor terrible no sólo había quemado a la planta, sino hasta los bulbos debajo de la tierra. De pronto, también los campesinos empezaron a quejarse: las papas, las zanahorias, todas las hortalizas que viven bajo tierra se secaron, se arruinaron. El sol abrió grietas en la tierra, la cuarteó: si uno se asomaba por las grietas podía ver las entrañas constipadas de nuestro planeta. El ganado comenzó a morir, a pesar que los campesinos los tenían en establos, a salvo del sol y aireados por ventiladores gigantes que les había proveído el gobierno. La carne del ganado muerto estaba tan pegada a los huesos que no podían utilizarla, ni tampoco el cuero. Si uno dejaba un huevo a la intemperie un par de horas, al cabo está cocido.

Por todas partes sucedían cosas raras, cosas que en otro momento nos hubieran parecido impensables y escandalosas, ahora se daban en plena calle, en los cruces de ferrocarril, en cualquier parte. Un empleado del Banco Tornquist enloqueció de la noche a la mañana, rasgó su ropa y se colgó un letrero que cubría su desnudez con la leyenda: “Fue vertida la copa del cuarto ángel. Lean el Apocalipsis. Arrepiéntanse”. El cuarto ángel era aquel que vació su copa sobre el sol y le dio poder al sol para quemar a la gente. Hubo cultos umbandas, donde degollaban gallinas o gallos y derramaban su sangre sobre la tierra, para que la tierra se animara y nos bendijera. Los chicos mataban a pedradas y a zapatazos a las chicharras, puesto que ellas anuncian calor con su canto y de alguna manera se las podía considerar culpables. Teo, un chico de nueve años que vivía en mi edificio, decía que si lograban atrapar al rey macho de las chicharras el calor cesaría para siempre. Pero el muy hijo de puta del rey chicharra andaba a la luz solamente durante el mediodía y la siesta, cuando a ninguno de todos ellos lo dejaban salir a la calle porque morirían calcinados. Literalmente morirían: la temperatura oscilaba en cuarenta y tres grados. Aunque sabíamos porque pasaron el dato en un documental que el sitio más caluroso del planeta era Al´Aziziyah, un pueblo de Libia donde el termómetro llegó a marcar cincuenta y ocho grados centígrados, nosotros sentíamos al nuestro como el peor y más devastador de los climas. Teo concluyó: “Van a venir los del FBI y lo van a encontrar al chicharro, entonces se va a terminar este asunto maldito”. La madre lo llamó a los gritos y huyó escaleras arriba. A diferencia de las chicharras, los sapos se convirtieron en tótem. El canto de los sapos anuncia la lluvia, y la lluvia lo cambiaría todo. Se dibujaban sapos en las paredes, en las casas, se colgaban como amuletos, se los alimentaba con mosquitos en las plazas. ¡Que canten, que canten! ¡Que llueva, que llueva! Pero los sapos se quedaban mudos. 


IX.

Fue entonces cuando murió Hilda, la portera. No vivía en nuestro edificio sino en las afueras. Murió en el subterráneo, marcó el ticket, pasó por el molinete, se desmayó y cayó por las escaleras donde se rompió el cuello. A los pocos días falleció Marie, su hermana, a quien nadie conocía pero de la que sabíamos que era inválida y usaba silla de ruedas. Algunos decían que se había suicidado o más bien que se había dejado morir de tristeza por la falta de su hermana. Era muy fácil morir ahora: bastaba con caminar bajo el rayo del sol, durante un cuarto de hora; luego venían las alucinaciones y al cabo el desvanecimiento. El último tramo, ese en que uno expira los veinte gramos que dicen pesa el alma, era cuestión de Dios. Los que lograban ser rescatados, hidratados y vueltos a la vida, coincidían en la clase de alucinaciones que tenían: figuras luminosas, alargadas, con vestiduras deslumbrantes pero desgarradas, cuando sonreían sentía uno paz, pero cuando abrían la boca tenían dientes puntiagudos o colmillos; los niños veían las alas, pero los adultos no y sentían pavor. Eran ángeles: era el ángel exterminador o era un águila que gritaba: “¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra cuando suenen las trompetas del resto de los ángeles!”. 

Comenzaron a desfilar por la calle los Ford Rangler que en las cocherías usaban para llevar los ataúdes al cementerio. El gobierno declaró asueto y el estado de emergencia. En el país la ciudad más afectada era Buenos Aires, ninguna otra. Todos nos preguntábamos por qué habiendo ciudades mucho más tropicales, en el norte del territorio, por qué no esas. Era un castigo, decían todos. Alguien nos estaba castigando: alguien gozaba de beberse nuestros sufrimientos; nuestro sudor era para el castigador más sabroso que un trago largo en un pub. Nadie salía a la calle, todos nos hablábamos por teléfono, encerrados. Desde la ventana, alguno se santiguaba al ver pasar los coches. Dejaban los ataúdes en la entrada al cementerio y muy entrada la noche los sepultureros se encargaban de enterrarlos. Comenzaban pasada la medianoche y acababan con la fresca, cuando cae el rocío. No había responso, misa de réquiem, paletadas de tierra dadas por los seres queridos, la última flor, las lágrimas. No tenían séquito. Nadie se despedía de ellos. Los únicos testigos eran las palmeras del cementerio, silenciosas, delgadas, erguidas, sus hojas resistiendo el embate del calor.  


X.

Pedí a mi marido que no regresara hasta tanto Buenos Aires volviera a ser la misma. A pesar de que él me ofuscaba y suscitaba mi cólera, yo que por lo general era una mujer tranquila cuya única pasión consistía en comprar libros, nunca le había deseado la muerte. Desde que cumplí nueve años, cuando cursaba el colegio católico y tomé la primera comunión, he dejado de desear la muerte de los otros. Prefería que él continuara siendo el escudo que se oponía a mi lanza; yo no hubiera soportado su ausencia en este mundo. 

Pasaba horas abanicando a mi hija con una pantalla de mimbre, observando su respiración. Contemplando las cuentas del rosario, ya que yo no podía rezar, no me salía, me quedaban los rezos atragantados como arvejas mal digeridas. Me volví atea a los trece años sin demasiada información acerca del ateísmo, y tal vez cediendo a la moda de los que dicen que la religión de nuestro siglo es el ateísmo, no lo sé. Pero soy atea, no creo ni en la resurrección de la carne ni en la vida perdurable; sin embargo a veces pienso cuando me ocurren las peores cosas que Jehová, el dios del Antiguo Testamento me protege, me mima, y si por momentos me ha descuidado y no contribuyó a que yo siguiera mi senda en la felicidad, es porque se distrajo auxiliando a otros pocos infieles durante la guerra de Irak o la de Afganistán. Yo creo que le soy simpática a Dios; lo veo un poco como a un tío que tuve, muy risueño él, llamado José, judío de nacimiento, que veneró al Rey San Baltasar durante muchos años y en cumplimiento a una promesa (su esposa no quedó paralítica), cuando la promesa quedó cumplida, mi tío se convirtió al evangelismo y se hizo pastor, pero como sus negocios no funcionaban –era zapatero-, volvió a las fuentes, por así decir, y emigró a Ashdod, Israel, de donde al cabo de cinco años se volvió dejando allá a su hija menor, Elsita, que se había vuelto loca de repente con el asunto de la guerra. 


XI.

En esos días llegó una maga de Mompox, Colombia. Una mujer santa, centenaria, delgada como un sarmiento, negra, que había hecho llover en la sabana: se llamaba Radeunda Lima. Después, en un programa de radio de música de salsa, dijeron que esto era una mentira, desmintieron su nombre; la mujer venida de Mompox era una bruja cualquiera, porque Radeunda Lima en realidad había sido una cantante cubana de la década del ’40, guajira, famosa por un danzón que compuso: “Así quiero vivir”. Pasaron el danzón en cuestión y allí decía: “Vete de mi casa, de mi vida, de mi cuerpo. Vete con la gente, que ellos te atiendan, a ver si te atienden como te he atendido yo. ¡Qué vida voy a darme sin ti! ¡Ya la estoy gozando! Disfrutando a cambio de todo el tiempo que perdí. En el danzón me pierdo, qué bonito bailar y no pensar en nada, nada, nada; pensar ni siquiera en ti”. La memoricé porque me pareció muy hermosa, como si hubiera sido escrita para mí o me hubiera estado dedicada. No obstante yo creía que la vieja momposina podía también llamarse igual a la cantante, ¿por qué no? Al fin y al cabo este mundo es inmenso pero las palabras no nos alcanzan y las repetimos a la hora de nombrarlo.

A la bruja momposina la habían traído unos ricachones que no soportaban más vivir sólo con dos horas de aire acondicionado por día. Todos los burgueses que podían hacerlo huían a Miami o a sitios desde donde podían seguir manejando sus empresas. Algunos decían que la mujer santa había nacido en Mompox y otros en Malagana. Era tan vieja que a ninguno importaba dónde pudo haber sido, y además lo único que conocíamos de Colombia era Cartagena de Indias, Medellín, Bogotá y siempre de oídas y por las noticias sobre los narcotraficantes. Algunos como yo sabíamos también de Macondo, pero Macondo es una región de libro, no una región verdadera. La gente común no viajaba de vacaciones al Caribe. A las dos de la mañana de un miércoles, la vieja hizo el rito donde antes había sido una reserva ecológica con cisnes y gansos ahora extinguidos. Había habido hectáreas de plumerillo y totora en la reserva, que el calor incendió: quedó de ese lugar casi paradisíaco un páramo ceniciento, maloliente. El olor a podrido se derramaba por toda la ciudad. La momposina se ubicó cerca de la fuente de las Nereidas, esculpida por Lola Mora. Se colocó ella en el centro y se hizo rodear de siete docenas de tinajas de barro llenas de agua y verdolaga hasta la boca. De entre sus ropas quitó un cascabel de serpiente y comenzó a agitarlo en el aire. “Cómo retumba y suena, ¡ay!, cómo retumba y suena mi cascabel en la arena; retumba, retumba, retumba y suena...”, y luego: “¡Ya cayó, ya cayó la gran Babilonia, la que emborrachó a todas las naciones con el vino de su pasión inmoral! Ya cayó ella, no nos hagas caer a nosotros también, Señor.” Un negro detrás de ella aporreaba un tambor, y otro a un costado hacía sonar un pito. De pronto nos entraron ganas de bailar, de movernos. Yo me quedé estática; tenía miedo de que me diera “el santo”, como lo llaman y salir danzando como una chiflada, dando vueltas en redondo y arrancándome la ropa. Una estructura histérica como la mía, me obliga a estar muy atenta, al menos en público: si me vuelvo loca, que sea en privado. El negro del tambor le pasó a la momposina un palo o lo que nosotros veíamos como un palo, pero según después supimos era una tibia humana. Con la tibia la vieja quebró las ochenta y cuatro tinajas. Cantaba, murmuraba: “Mañana cuando me vaya, ¿quién se acordará de mí? Solamente la tinaja  por el agua que bebí.” Repartía agua de las tinajas en el cuenco de sus manos y todos bebimos. Aliviaba nuestra sed, por primera vez en tres semanas nos abandonaba ese calor abrasador. El cuerpo se nos puso leve, puro, transparente. Cuando me tocó beber a mí y a los que estaban en mi fila, ella gritó: “Yo sé todo lo que haces, y sé que estás muerto aunque tienes fama de estar vivo...” Puso la mano en mi frente y en ese instante comprendí que yo no podía vivir en el autocontrol, que mi lucha por la supervivencia estaba haciendo de mí una muñeca rota y no una mujer. Entonces me desmayé, por el rabillo del ojo llegué a ver cómo alguien tomaba a mi hija en sus brazos mientras yo caía. 


XII

En algunos lugares de la provincia, dada la baja presión se formaron ciclones que arrasaban con el pueblo. El cielo se ponía verde, contaban los sobrevivientes, y el silencio era aterrador, como si la tierra fuera a partirse en dos. Como el silencio que precede el cascar un huevo. Como ese silencio de media hora de duración que dicen las Escrituras habrá cuando el Cordero rompa el Séptimo Sello. O como el silencio en la consagración de la hostia: algo esférico se parte, se quiebra, deja de existir se transforma en otra materia. Todos esperábamos el ciclón; a veces, en medio del bochorno parecía correr una ráfaga, una gota de viento y alguien en la calle profería un grito. Los estudiosos que hacían el pronóstico meteorológico habían dejado de darlo y de reportarlo, desde que un hombre perturbado por la muerte de sus hijitos, le pegó un tiro a uno a la salida de un canal de televisión. Los meteorólogos estaban atrincherados en la comisaría, la policía los protegía, porque el público quería lincharlos como a los peores delincuentes. Había gente a la que el susto le caía como un rayo y la fulminaba. Pero no llovía; los ricachones nos habían montado un espectáculo con la bruja y la orquestina de los dos negros para distraernos. Dios nos quería freír, podía matarnos a través de los norteamericanos, haciéndolos disparar la bomba neutrónica, pero no. Elegía Él con sus propias manos hacer el trabajo sucio y fritarnos. Algún monstruo antediluviano, emergido de los abismos, nos devoraría después tal como uno se extasía con las papitas en un restaurante de comida rápida. Era nuestro destino, la infelicidad, la depredación; ni más ni menos que el destino de toda carne.  Hacia el 27 de enero hacían cincuenta grados centígrados.


XIII.

Dos días después, durante la noche, apareció una nube. El padre de Teo, el vecinito, tocó su saxofón en la ventana y nos hizo salir a todos a la calle, para verla. Bajé con mi hija, lívida desde hacía unos días y respirando entre estertores. Mientras bajaba los escalones, yo la soplaba para que a ella no le faltara el aire. La señora Fazekas estaba ya en la vereda observando atentamente a la nube; ella era astrónoma y unos días atrás había perdido a su marido de un ataque al corazón: anunció que no era una nube cualquiera, sino una mujer envuelta en el sol como en un vestido. Si uno daba vuelta al sol como a un guante, el sol tenía ese color arratonado, almagre. Estaba trastornada por todo lo sucedido, pensamos, pero enseguida otro, el heladero de la esquina, gritó que era la Virgen María a punto de parir. La Virgen María escondida atrás de la nube y guiñando un ojo. Una nube mucho más pequeña y redonda se acopló a la anterior. Estábamos en la puerta de mi edificio, y vi bajar por el ascensor a Catalina, la del tercero f, gritando que el sapo que ella tenía en una maceta de toronjil en el balcón, estaba cantando. ¡Croaba! ¡Croaba! Nos amuchamos en el cordón de la vereda para mirar el cielo. Éramos suplicantes. ¿Por qué nos pasaban estas cosas a nosotros? ¿Qué habíamos hecho los argentinos? Éramos pícaros, pero éramos buenas personas, cálidas; negligentes sí, vagos sí, nostálgicos, también. ¡Pero éramos mansos! ¡Nos robaban, nos explotaban, nos usaban, nos exterminaban y nosotros casi no nos quejábamos! ¡No teníamos ni voz! ¡Lo del grito sagrado era una cancioneta, no era cierto, no existía! ¡Toda nuestra historia hemos soportado los avatares con resignación! Los indios callados y quietos; los inmigrantes sabiendo que no era Argentina adonde uno debía emigrar para hacerse la América. Argentina era el país del error, al que uno llegaba por equivocación y del que uno no se iba porque era generosa y sensual como una sarracena con las piernas abiertas. De repente uno chilló: “¡Llueve! ¡Está lloviendo!” Pero no veíamos el agua, no la sentíamos. Nos removíamos esperando el chaparrón, el agua bendita. Alguien lloraba, otro en voz muy baja decía “Piedad, piedad...” Cayeron dos gotas, una en mi frente y otra sobre mi pie. Grité: “¡Llueve, llueve! ¡Me cayó agua!”, grité, porque quería darle la alegría a los otros, besé a mi bebé, sentí deseos de subir frenética las escaleras, llamar a mi marido a Canarias y rogarle que volviera ya mismo, que toda la pesadilla por fin se había terminado, que yo lo amaba, ¡lo amaba!; sonreí por primera vez en cuatro semanas enteras, me tocaba la frente, refregaba entre mi pulgar y el índice la gota viscosa, perfumada que se había prendido a mí. Estaba feliz, ansiosa. Miré hacia arriba, al cielo. La mujer china del primer piso se había asomado al balcón; tenía su larga cabellera negra suelta, de un azabache deslumbrante. El neón del farol daba sobre magnífico cabello, que brillaba. Una vez le pregunté cómo hacía para tenerlo así y ella me confesó cuáles eran las sustancias que usaba. Se lo lavaba con agua helada y sin secarlo se echaba encima aceite de almendras: eso se le impregnaba y era lo que lo volvía tan brillante. Comprendí que era de aceite de almendras la gota que había caído sobre mí. Miré a los demás, expectantes. No relacionaban la lluvia con el cabello de la mujer china, no habían descubierto aun el malentendido. Yo no iba a desilusionarnos; tendrían tiempo para desilusionarse ellos solos, por sí mismos, dentro de un rato, cuando la nube siguiera su misterioso camino en el cielo, o quizás el día de mañana. Sentí las lágrimas agolparse en mis ojos y entré en el edificio porque no quería que me vieran llorar. “¿No espera el chaparrón?”, me preguntó el saxofonista. “No...”, me excusé, “estoy muy cansada”. Se quedaron ahí, ilusionados, y estaba bien, pensé, era lo correcto. Porque cada día empolla una ilusión diferente, y si el día de mañana acarrea una desilusión, recién debe uno desilusionarse el día de mañana. No puede una persona permitirse sufrir por anticipado: la vida es demasiado corta y el corazón muy débil para lidiar con tantos problemas. 

  • Autor: Patricia Suárez