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Entrevista a Alejandra Laurencich

                     Fotos: Marcelo Pedroza


   La escritora acaba de publicar Las olas del mundo, su segunda novela, en la que aborda el tema de la dictadura desde un ángulo novedoso: las vivencias de una chica de 13 años que vive simultáneamente el ingreso a la adolescencia y el trauma que de una época que la atormentará toda la vida.  Una obra que es al mismo tiempo una historia de amor, un relato de intriga, una narración política y una puesta en escena de la creación literaria.


Por V.A.

 Adolfo Bioy Casares entendía la escritura como un modo apasionado de vivir: “Está la vida y está el pensar sobre la vida, que es otra manera de recorrerla intensamente”, decía él. La escritora Alejandra Laurencich cuenta que se siente representada por esa idea: “La literatura es el prodigio de esa vida paralela a la que podemos acceder, tanto los que escribimos como los que leemos”, define a Mercurio Contenidos. Su segunda novela, publicada por Alfaguara, es también un intento por comprender la época más cruenta de la historia argentina, la última dictadura militar, desde un ángulo original.  Al comienzo del libro, Andrea Debari, el personaje protagónico, es todavía adolescente, una chica sensible y reflexiva que encontrará en la escritura una forma alternativa de resistir el horror. En simultáneo con la realidad que le toca -la detención de civiles, el miedo, la quema de libros, las desapariciones-, construye un universo imaginario en se siente a salvo, y acompañada por “Él” –su propio personaje de ficción compuesto por retazos del Che Guevara, los pantalones de terciopelo de Mick Jagger y, sobre todo, la voz y la mirada del músico que más admira, Luis Alberto Spinetta-.  Las olas del mundo funciona así como una suerte de relato de cajas chinas, en el que la ficción contiene a su vez otra ficción.

  En la primer parte del libro, la autora  muestra a su personaje en los momentos en que concibe las historias, con la vitalidad y la inocencia intactas de la juventud: Andrea construye su ficción salvadora, hasta que el horror atenaza su vida y la de su familia, y se siente impulsada a revelar  un dato que podría haber puesto en riesgo la vida de otros.  La  imposibilidad de expiar su sentimiento de culpa signarán su futuro y harán de ella una mujer singular.

 “Yo no creo mucho en las novelas escritas con las vísceras, o escritas con sangre. Creo que todas las novelas se escriben con astucia, con oficio. En ese sentido creo que ésta es una novela escrita con un oficio extraordinario”, opinó  el escritor Guillermo Martínez en la presentación de Las olas del mundo. “Puede pasar a primera vista como una novela escrita en un plano absolutamente pasional, en estado evocativo nostálgico pero hay una construcción muy sólida, muy firme de estructura, y este truco maravilloso de hacer una segunda novela en un tono de melodrama todavía más exaltado que el drama político, real, que representa toda una vida y una vida en la circunstancia de la dictadura.” 

  Martínez agregó, frente al público que asistió a ese evento que “también es interesante el ángulo que encontró Alejandra para contar la dictadura. Es el ángulo de quien se quedó al borde, sufrió una cantidad de consecuencias devastadoras y nunca logró rehacer su vida a partir de eso. Entonces qué ocurre, queda como guardiana, como custodia de una época. Me parece un ángulo poco elegido. Es decir, es como si quedara con toda la carga simbólica, con las canciones, los emblemas, las frases. Pero no agotó la experiencia, no participó de ello y por lo tanto le resulta más difícil desprenderse de aquello que concibió perfecto, o de una forma ideal. Quizás el que militó, el que se desengañó, el que sufrió, siente que puede pasar del otro lado que es lo que pasa con alguno de los otros personajes pero ella se queda, y esa es la peculiaridad interesante del personaje, queda como una especie de fantasma del pasado que se niega a vivir el resto de la vida.”

  Laurencich dice, por su parte, que tiene la suerte de ser escritora, porque eso le permite expresar lo que siente: “Yo soy como Andrea y puedo escribir. Esta novela a mí me trajo la tranquilidad de poder decir algo que tenía muy adentro”.

-¿Cuál fue la idea original que te decidió a escribir Las olas del mundo y cuánto tiempo trabajaste en la novela?

-Quería retomar la idea de mi primera experiencia narrativa, escrita a fines de los 80, una novela a la que llamé Días sin gris, y en la que se contaba cómo una adolescente, a la que llamé Andrea Debari, inventaba un personaje fabuloso en el que depositaba todo lo que ella ansiaba vivir, todo lo que no comprendía, lo que la lastimaba o exaltaba. En esa primera novela, cometí un grave y muy común error de principiante: buscar el efecto sorpresa al final. Durante toda la novela yo mostraba por un lado la vida de esa chica, su rutina, su familia, sus deseos más íntimos, la cotidianeidad del colegio de monjas y días grises, por otro, mostraba al personaje que ella inventaba, pero de tal modo que éste y la vida de éste se veían como parte de la realidad hasta la última página, donde el lector se encontraba con la novedad: todo lo que había leído sobre él era invento de Andrea. Páfate. O sea que yo le escamoteaba al lector lo más interesante, que es ver cómo y por qué alguien se ve lanzado a construir una ficción. Años después empezó a darme vueltas la idea de contar ese primer ‘bodoque’ literario, como debía haberlo contado, es decir: exponiendo claramente el entorno dramático que vive esa chica de barrio y los mecanismos íntimos que la llevan a tratar de salvarse inventando una ficción. En Las olas del mundo,  el lector puede ver desde las primeras páginas esa construcción diaria del personaje inventado, puede registrar de dónde toma Andrea Debari la materia para dibujar su “Él” y darle vida, y la sordidez de la época que la empuja a darle vigor. Es una novela que fui moldeando y escribiendo a lo largo de los años, a golpes de espasmos de escritura que quizá duraban un día, o dos o tres meses,  o siete, se interrumpían un año, volvían a comenzar. Hace unos cuantos años la escribía a la par de otra que aún no salió publicada, un día una, al día siguiente la otra, eso duró un tiempo hasta que avancé con la otra y esta la dejé, y hubo un momento en que volví a retomar Las olas con intensidad, y frené la otra. Ni siquiera yo sabía cuánto había tardado en escribir esta historia hasta que hace unas dos o tres semanas, por casualidad, encontré el archivo que contiene los primeros apuntes, y están fechados en el 2002, o sea, luego de que mi primer libro, Coronadas de Gloria, salió a la calle. 

-¿Solés trabajar en base a un plan preestablecido o preferís no ceñirte a un programa preciso?

-En mis primeras aproximaciones a una idea de novela hay apuntes, páginas sueltas, indicaciones que me hago sobre líneas a seguir, ideas a examinar, capítulos que no sé si van a corresponder al inicio o quedarán para otra instancia, descripciones de escenas en las que intervienen algunos personajes que, pienso, son los que llevarán la historia adelante; cuando ese material ya empieza a tomar cuerpo, quiero decir, cuando ya son unas cuantas páginas las que consigo escribir, y encuentro el tono, el mejor modo de contar todo lo que sé que quiero contar o he contado, el tipo de narrador, el tiempo desde el cual relatar la historia, empiezo a poner orden a la línea narrativa y a decidir para dónde encauzarla. O sea que el tono da pie para el desarrollo más o menos armonioso del eje principal, que en el caso de Las olas del mundo se complejizó, porque no hay uno sino varios ejes narrativos. Y entonces empiezo a dibujar con más precisión a los personajes, a descartar o sumar algunos, a ensayar peripecias, y así, puedo llegar a las 150 páginas aproximadamente con este procedimiento, luego ya determino claramente cómo sigue esa historia y qué final llevará, y aparece el laburo más intenso, de rigor y avance, sumado al de corrección de todo ese corpus narrativo ya escrito, en el que a cada momento voy enderezando algo, mientras la novela crece, acentuando o eliminando partes o detalles, rectificando y fijando datos, porque creo que cada cosa que uno escribe hacia el final, tiene su repercusión en la totalidad, desde las primeras páginas. 

-Durante estos 32 años de democracia, aparecieron libros que retomaron o reconstruyeron  desde la ficción, los hechos y la herencia que dejó la dictadura 1976-1983. ¿Cuál dirías vos que es el punto de vista especifico que define a Las olas del mundo, en este sentido?

-La dictadura es el telón de fondo para este personaje, la época que transita Andrea desde un hogar de clase media, en el que vive con sus padres y su hermano, los parientes más cercanos que vienen a visitarlos, y las circunstancias que se van desencadenando en esa familia. Andrea no tiene militancia política, sus padres y su hermano tampoco, pero lo que sucede en la calle va colándose en la vida de esos personajes a través de algunos vecinos o amigos, a través de las rendijas de las persianas,  de lo que  pasa en la vereda de enfrente, o en la puerta de la casa, de lo que ocurre en el país.

-Esa realidad político / histórica  molderá la subjetividad y la visión del mundo de Andrea Debari, el personaje protagónico. ¿Qué podés contar al respecto?

-Andrea es una personita vulnerable y sensible, que está ávida de experiencias, que piensa mucho, que tiene una poderosa imaginación, que observa todo. Al inicio de la novela puede verse esa vitalidad que la caracteriza, una vitalidad no manifiesta en lo físico sino en lo anímico, en lo intelectual también, en los sentimientos. Vitalidad que por otra parte, luce cualquier adolescente, porque un pibe de 13, 14 años, viva donde viva y en la época que sea, es un mundo  en ebullición, un “busco mi destino” en estado de máxima pureza. Lamentablemente, la época en la que Andrea vivió, no era la mejor para expresar esa interioridad, ni ese ansia, ni los anhelos o pensamientos que la acometían, más bien al contrario, el pensar y el actuar eran muchas veces condenados,  por lo que esa personita aprende que es mejor guardar silencio, ocultar sus deseos, no exponerse. Se va convirtiendo en una especie de “parche de tambor”, como dice en un momento de la novela, donde golpean y confluyen las circunstancias sociales y políticas de la época. Por lo que, desde una subjetividad como la de este personaje, puede verse casi un fresco de esos años de plomo en que algunos de nosotros crecimos.

-La música, los amigos, la relación con su hermano, le sirven de refugio al personaje. ¿En qué medida los vínculos de afecto pueden haber servido a muchos de consuelo ante el horror?

-Los vínculos afectivos siempre son un refugio ante la tempestad, en todo tiempo y lugar. Recuerdo esa experiencia que relata Bruno Bettelheim en su libro No hay padres perfectos, vivida por una psicoanalista sueca que, cuando los nazis ocuparon Noruega, sirvió de guía a un grupo de refugiados que atravesaron las montañas para ponerse a salvo en Suecia. Todos llevaban en sus mochilas alimentos para subsistir, porque sabían que era lo único que podían transportar en esa travesía de jornadas enteras, bajo la inclemencia, pero cuando estuvieron a salvo y abrieron las mochilas, se dieron cuenta de que la mayoría de los chiquitos del grupo habían llevado para subsistir, en vez de comida o ropa de abrigo, pequeños adornos de los días de fiesta,  cosas baratas, sin valor económico, o sea que cuando se les pidió tomar lo básico para salvarse, no dudaron, buscaron el refugio de esa memoria de felicidad compartida, de un pasado feliz. Cuántas veces uno, golpeado por el afuera, ya sea en la calle, en el trabajo, en el estudio, llega a su hogar y busca el abrazo de alguien, la charla sobre cosas cotidianas, la mirada amorosa, la palmada en el hombro. O se cita con un amigo en un bar, o marca las teclas del teléfono para escuchar la voz de alguien que calme, que nos diga que nos quiere, que no importa lo demás. Todos en mayor o menor medida buscamos el sostén en esos vínculos. Cuando uno es adolescente, por lo general busca esa ligazón directa con sus pares, sus amigos, sus hermanos, si es que los tiene, o sus compañeros de colegio, pero también la busca en los seres que admira, por lo general los músicos que expresan el sentimiento que uno tiene, ese bullir que muchas veces abruma, descoloca, porque ni siquiera se comprende hacia dónde va, por qué late ahí adentro.

- La figura de Spinetta tiene una presencia casi mágica en el universo en el que ella elige vivir. ¿Qué significó Luis para tu generación y para vos, puntualmente, y qué función cumplió el rock para tu generación?

-Spinetta era una especie de chamán, digo yo, el sabio de la tribu, de esa aldea clandestina que formábamos todos los jóvenes que no nos sentíamos representados por los modelos que intentaban imponernos desde lo comercial. El rock tenía y tiene, claro, letras poderosas, que nos expresaban, también lirismo, sensibilidad. Por tanto, escuchar a Spinetta, o a esos músicos de la época, cuando aún el rock no se había vuelto masivo (porque esto ocurrió recién después de la guerra de Malvinas, según lo viví yo, cuando apareció Fito Páez, y León Gieco resurgió con su ya antigua Sólo le pido a Dios, y llegó Baglietto y Charly pasó a ser una estrella pop, y empezaron los recitales promocionados por la radio y la televisión y todo se convirtió en algo mucho más popular), escuchar a esa bandas digo, o a Spinetta, era saber que no todo estaba perdido, que existía el amor y la capacidad de amar, que se podía hablar de esa realidad tan cruel de un modo particular, que había refugio en la palabra, en la música, que era posible la “búsqueda de la estrella”, porque dentro de ese mundo hostil, había algunos que seguían diciéndonos: resistan, chicos, la vida vale la pena.

- El trauma de la dictadura atormenta, finalmente, al personaje y pesa aún en la memoria de buena parte de quienes han vivido  aquellos días. ¿Existe antídoto para ese dolor? ¿En qué medida la justicia y la memoria colectiva pueden amortiguar o sanar los efectos a futuro?

-La justicia y la memoria colectiva son reparadoras, en toda sociedad. Sería muy necio negarlo. Iluminar los hechos más tenebrosos del pasado hace que dejen de rondarnos como fantasmas, que es lo que le sucede a Andrea. Ella intenta sepultar lo que ha visto, lo que ha sufrido, y eso es una bomba de tiempo, que en cualquier momento va a estallar, pero no hacia afuera, sino hacia adentro, una verdadera implosión. Digamos, para decirlo en forma metafórica, que  las aguas de la memoria forman una marea que va creciendo por dentro, silenciosamente, aunque ella intente permanecer como una cisterna, un tanque sin grietas ni posibilidad de filtración, pero las aguas siguen subiendo y cuando llegan a la conciencia, toda su persona se ve inundada, derramada en esa evocación que la diluye. Si Andrea hubiera podido seguir usando  la palabra para conjurar su dolor, jamás habría llegado a lo que llega, pero claro, se ha quedado sin interlocutor, ni siquiera ella se escucha a sí misma.

-¿En relación a tus propias lecturas, cuáles son las  que más te movilizan y por qué?

-Las que llevan en sí algo de esa pregunta que nos enloquece desde siempre: qué hemos venido a hacer a este mundo, qué significa el permanecer aquí, por qué tanta maravilla y tanto horror mezclado, cómo hacer para soportarlo. Cualquier obra bien lograda, que hable de la belleza y el espanto a la vez, me conmueve de un modo perturbador, me hace sentir identificada, consolada en ese penoso consuelo: mal de muchos. Al menos sé que no sólo a mí me duele y deslumbra la vida.

- ¿Qué elementos autobiográficos creés que determinaron tu vocación?

-Los grandes lectores que había en casa, mi madre, todos mis hermanos, los relatos orales de esas vidas de inmigrantes que nos llegaban a través de mi abuela y los paisanos, el lugar privilegiado que se le daba a la lectura, a la palabra expresada en forma de narración, sea para contar un episodio pequeño como las grandes vicisitudes familiares. Recuerdo por ejemplo que cuando mi abuelo, el padre de mi mamá venía a comer a casa, esperaba el almuerzo leyendo diccionarios, y si alguno de nosotros se acercaba a charlar, él nos recitaba coplas y versos, ese ambiente de uso y disfrute de la literatura era el cotidiano.

- Hoy, ¿sabés por qué escribís?

-Es algo que no me planteo, pero creo que lo hago porque necesito hacerlo y porque, aparte de ser madre, es lo más me gusta hacer y lo que mejor hago, creo.

 

MINI BIO
    Alejandra Laurencich nació en Buenos Aires en 1963 y es autora de los libros de cuentos Coronadas de Gloria - que mereció el Tercer Premio del Fondo Nacional de las Artes-,  Historias de mujeres oscuras -por el que obtuvo el Segundo Premio Municipal en 2011- y Lo que dicen cuando callan; y de la novela Vete de mí. Las olas del mundo es su segunda novela.
  Muchos de sus relatos fueron traducidos al alemán  y al inglés -su novela Vete de mí fue traducida al esloveno-, y elegidos como material de estudio en distintas universidades del país y del exterior. 

  Es la fundadora y directora editorial de la revista literaria La Balandra, otra narrativa. Desde hace más de veinte años enseña el oficio de escribir.


Así escribe Alejandra Laurencich 

(Fragmento Las olas del mundo)

 Quedé desorientada, mirando la bolsa enorme al lado de la puerta del living, como la de ropa que mamá preparaba todos los años para una familia pobre que venía a buscarla. Pero no era ropa lo que había adentro, sino libros. ¿A quién iban a regalarle todo eso? ¿Se habían vuelto locos? Veía ir y venir a mi madre, como si estuviera preparándose para algo. Abrí un poco la bolsa. Había libros de Fabián, ninguna otra cosa. Volví rápido para el lado de los dormitorios, iba a decirle a mi hermano que si pensaba donar todo eso me regalara alguno a mí. Pero no llegué a abrir la puerta: Yo me voy a la mierda,le escuché gritar, y sentí que la mano en el picaporte se me mojaba, me voy a la mierda,seguía él, gritando solo. Podía oír cómo tiraba cosas al suelo, cómo golpeaba algún mueble. ¿Qué estás haciendo ahí?, dijo mamá cuando me descubrió con la oreja pegada a la puerta, y yo me puse colorada hasta la médula, porque sabía bien que no tendría que haber escuchado esa frase. Me apoyé porque estaba mareada, contesté, y mamá me tocó la frente, ¿No tendrás fiebre vos? También mamá tenía los ojos de un color raro, ¿había estado llorando acaso? ¿Qué pasa con Fabián, adónde quiere ir? Andá a estudiar de una vez, que menos pregunta Dios. ¿Por qué mi madre usaba ese día frases de la Nona de las que siempre se había quejado, por qué esas reacciones extrañas en los adultos de la familia, esa actitud de alarma, las puertas cerradas? ¿Qué está pasando, ma, me podés decir? Callate y ponete a estudiar, vos estudiá, rogó mi madre agarrándome del brazo para llevarme al living. Se abrió la puerta de entrada y apareció papá, con la camiseta sucia de hollín y un libro en la mano. ¿Qué son esos gritos?, dice y tiene cara de loco, los pelos despeinados. Enarbola el libro como si fuera un látigo y ordena: A ver si se callan, carajo, que pueden escuchar los vecinos. Y veo que el libro con el que mi padre parece amenazarme es el libro que Fabián me había prometido leer juntos en el invierno: El miedo a la libertad. ¡Dame eso que es de Fabián!, chillé. Callate la boca, mocosa de porquería, no grités.¡Fabián!, papá tiene tu libro. Pero Fabián no aparece. Su puerta sigue cerrada. Y cuando vuelvo a mirar a papá recibo un golpe en la cara, un flash que me enceguece por un momento. ¡Fabián!, grito. Y dos veces más, El miedo a la libertad me golpea la cabeza y deja un olor a quemado en el aire, como el que tenían los bollos de hojas de diario que papá quemaba para encender fuego, y algo sobre mí comienza a caer, mi entendimiento empieza a despabilarse. Corro hacia el cuarto y trato de abrir. ¡Está quemando tus libros, Fabián! Callate la boca, carajo, vuelve a ordenarme papá. ¿Pero qué hacés, por qué pegás? La puerta de Fabián sigue cerrada. ¡Ay, Dios mío, Dios mío!, grita mi madre y sale disparada para la cocina. La puerta no se abre y los empujones de papá me van metiendo en el dormitorio grande. Empiezo a llorar. Silencio, hacé silencio, grita papá, rabioso, y cierra la puerta. ¡¿Por qué le tocás los libros a Fabián?! No grités, que te van a escuchar. Que me oigan, quiero que me digan la verdad. Un golpe me derribó sobre la cama. Quedé mirando una luz blanca que entraba desde alguna parte, que iluminaba el vestido de novia de mamá en el cuadro. A través de la puerta cerrada del dormitorio de Fabián se escuchaba silencio.


  • Autor: Por Verónica Abdala