Actualidad

Se reedita “Punk, la muerte joven”

de Juan Carlos Kreimer

 El libro, que retrató en sus inicios la movida Punk de los años 70’ –se escribió entre julio de agosto del 77’ y se publicó originalmente en el 78’- en una edición de lujo, ampliada y mejorada.  Te adelantamos los tramos hasta hora inéditos.


  Juan Carlos Kreimer se exilió en Londres los 70 y, estando allí se propuso escribir un libro sobre un argentino exiliado (en Londres), pero la idea no prosperó y terminó asumiendo un pedido de sus editores: retratar la incipiente movida punk, que por aquellos días se disparaba en Inglaterra y haría mella en la historia de la contracultura mundial. A sus 32 años asumió esa misión y salió a documentar el encargo, con la cintura de un corresponsal de guerra y la pluma borrosa de un beatnik aporteñado: se trataba de condensar en vivo una forma de leer el mundo que no era la propia, y eso le daba la distancia ideal. 

  En la nueva edición que por estos días publica Editorial Planeta, aumentada y corregida, se incluyen ilustraciones y fotos originales, además de un texto clave para cerrar el círculo, cuarenta años después: el diario detallado de la escritura de “Punk…”, el lado B de la historia del cronista que observa el nacimiento de un movimiento y deja testimonio esa experiencia.


Historias paralelas

Buenos Aires, Londres, Barcelona, París… y después.

Por Juan Carlos Kreimer

   Ya adultos, muchos chicos y chicas que leyeron alguna de las ediciones de este libro, me preguntan cómo llego a Londres justo cuando nace el punk y qué me lleva a escribir sobre algo tan incipiente mientras estaba ocurriendo. Mis libros anteriores –Beatles & Co y Agarrate!— y notas que vengo escribiendo para distintos revistas y diarios, dejan presuponer que puedo haberlo visto venir y voy tras él. O que me lo ha avisado. No, no tengo ninguna premonición. Cero olfato. Cruces del camino.

    Ni yo mismo sé qué hago en Londres, o qué espero encontrar en esa ciudad. El curso de los acontecimientos, y mi propia deriva, se presentan de manera tal que cuando el punk estalla, mi Olivetti 22 y yo, ¿cómo decirlo: “Justo” estábamos por ahí.

   Pretty vacant, como la canción de los Pistols. 

   Tampoco el libro es idea mía. Lo hago por encargo: me lo pide una editora. Cien por ciento de trabajo. Necesidad y oficio. Observar, apreciar (incluso lo que no me gusta), resignificar. Figuras y contexto batido con pensamiento crítico y animarme, como ellos, a expresar cuanto me despierta cada hecho. 

   En el momento, no imagino que el movimiento y el libro inspirarían a tantos chicos argentinos y latinoamericanos. Una suerte. De haberlo sospechado, lo que quizás hubiera incorporado en perspectiva, lo hubiera perdido en naturalidad. 

   En los años siguientes, mientras el punk crea tribus en todo el mundo, mi atención ya está en otra parte, pero su sino se me ha adherido al karma, haga lo que haga.

    Los que siguen son párrafos descartados (por la editorial y por mí), páginas perdidas, notas excesivamente personales rescatadas de cuadernos, comentarios de otros comentaristas, icebergs, situaciones que descubrí cuando el libro ya estaba impreso, reflexiones que hice años después... Por equis razones me resistí –y resisto– a intercalarlos en el texto original. Dejo que vayan tomando vida propia…


I

Mi previa

“Being in the right place at the right time.? Jajajá.


   Adiós Sui Generis. El recital en el Luna Park se vuelve mi adiós a una época, una ciudad, un grupo de amigos. En septiembre del 75, el rock porteño es un sálvese quien pueda. La actividad cultu- y contracultural de los años anteriores (primer ciclo del rock argentino), sangre de mi primera juventud, está al borde de perecer. En el momento no percibo cuánto influyen la censura y las distintas vías de represión para el rock exprese con tanto desgarro (y tanta poética) lo que nos pasa a los que no creemos ni en el Sistema ni en las militancia revolucionaria ni en las propuestas místicas. El fantasma de que en cualquier momento podes ser llevado preso a plena luz del día, o matado, adopta distintas caras. Rockeros, proto hippies urbanos y adláteres, artistas, pintores, escritores… cualquiera con el pelo largo, mirada vidriosa o el menor rasgo de sospecha es frutilla para la policía. Los edictos les legitiman tenerte de un día a dos semanas por averiguación de antecedentes, o inventarte una causa por tenencia o desorden. Sos parte de su caja chica. Aunque zafes, la paranoia siempre puede hacerse realidad no bien salís de tu casa. Ni hablar cuando tenés que volver tarde y estás poco sobrio.

   Mi nombre no figura en ninguna lista negra, mi teléfono sí está en un numero incalculable de libretas. Solo vislumbrar la que se viene me hace sentir en riesgo. Aunque en los últimos meses de Isabel Perón, escribir sobre recitales y grabaciones tenga cierto glamour de resistencia, me resulta imposible vivir esa esquizofrenia. Cada vez encuentro menos conocidos en la calle. Los referentes también parecen haber perdido sus órbitas. Mis amigos dooónde están, el vozarrón de Javier Martínez se repite en mi cabeza como un casete sin fin. Más allá de las persecutas, me niego a admitir que un ciclo se ha cerrado. En lo sociacultural “y” en lo personal.

   En esos meses, además, mis jefes en La Opinión y Panorama, donde colaboro con sus secciones de espectáculos y medios, ya no saben más qué palabras usar para explicarme porqué no publican mis notas. O les podan lo que ocurre fuera del escenario. Es para cuidarte, me dice Kive Staif. 

* * *

   Cualquier parte es el primer destino de los que se van en esos meses. Irse. Por las buenas. Por las dudas. Con la vergüenza de quien huye por salvarse y no comprometer a su familia. Cobardía o sentido de supervivencia, huir o rescatarse: irse.

   En las apariencias, me voy de vacaciones. A algunos le digo que vuelvo a París, donde viví hasta el año anterior. A otros, que voy a buscar mis objetos personales. En verdad, solo quiero no estar aquí. Empezar de nuevo, adonde fuera. Me voy como para no volver más.

   Ni siquiera me atrae la posibilidad de que allá pase algo. Desaparecer, borrarme, estar lejos… Con el carnet de periodista profesional, en Aerolíneas todavía te venden el pasaje de ida y vuelta con el 50% de descuento. Podes dejarlo abierto un año. Y pedir el reembolso del tramo de vuelta. Lo que pago significaba tres notas. Desde el 66 gracias a esa tarifa voy y vuelvo varias veces a Estados Unidos. Escribo cerca de cincuenta notas sobre el underground neoyorquino. Podría hacer lo mismo desde París, me digo al subir al avión. Durante el vuelo me doy cuenta de que las ganas de repetir el esquema quedaron en tierra.

   En New York, París, Londres, Barcelona, Roma… En todas las grandes ciudades hay una nueva internacional latinoamericana: la de los emigrantes de cualquier país del cono sur, ocupado o no por la doctrina Kissinger. Cientos los sudacas andamos on the road o tras nuestro lugar en el mundo. Al llegar a cualquier aeropuerto, desde un teléfono público llamás a alguno de los números que te pasaron, decís que sos amigo del amigo de…, que estás de paso y lo menos que te ofrecen es un lugar seguro donde dejar la mochila y darte un baño caliente. Casi nadie te niega una almohada sobre alfombra del living por unos días, te pasan las coordenadas para entender dónde está la cosa, cómo rebuscártelas hasta que encuentres lo verdaderamente tuyo. Hasta te presentan a alguna ex. Y si no te hallás, por el motivo que sea, te confían números de teléfono en otras ciudades. Otros amigos de amigos…

   Tienen la diáspora como patria, le escucho decir a Guy Debord, el último mohicano de Le vrai esprit del Mayo francés. Lo reencuentro una noche de marzo del 76 que me reúno con los vieux copains de Spont´Act en una Maison de Culture en Les Halles. El grupo sigue siendo una formación no regular, o brigada independiente, que monta intervenciones callejeras. Caminar entre la gente con espejos devolviéndoles su imagen, regalar billetes de cinco francos al primero que se cruce, mostrar un mapa de estrellas y decirle Usted está aquí, organizar un tirada de las llaves desde los balcones y ventanas… La idea es hacer tomar conciencia a los babás de sus absurdos cotidianos. Spont´Act, desprendimiento de las charlas que Guy da en un departamento de Les Halles, se autoproclama Situacionista. Estudiamos La sociedad del espectáculo y fotocopias con manifiestos y proclamas de Guy como nuestro libro rojo.

 

  La combine. Ya tengo un par de rebusques y empiezo a reinsertarme en París cuando la muchacha que arrastré de Buenos Aires audiciona para una compañía de ballet inglesa. El contrato que le ofrecen es para trabajar –y vivir– en Londres. Ella solo sabe cuatro palabras en inglés. ¿Vendrías conmigo?, me pregunta con un mohín. Cuando le respondo Why not? ella entiende solo el not final y antes que se lo diga en castellano se larga a llorar.

   De mañana salgo con ella, le traduzco algunas indicaciones de los coreógrafos y cuando empieza a ensayar con la compañía me largo a deambular por donde sea. Londres se me vuelve un corredor, un escenario donde lo superficial, lo privado y lo público, me hacen sentir un detective sin móvil. Todavía ignoro la manera fina de llamar mi condición de observador náufrago: flaneur. El frío lo congela todo, mi gamulán (bautizado “el argentinísimo” por un modisto compatriota) se solidifica. Yo era el que voy adentro, anoto en mi diario. Me refugio en toda librería que veo, o disquería, todavía hay una cada tres o cuatro cuadras, o mercados. Mis paradas más largas ocurren en los negocios de revistas. El rock está oficializado en tres semanarios tamaño diario, Melody Maker, Sounds, New Musical Express; cuestan monedas. Me aburren: salvo alguna que otra nota, puro sensacionalismo rockero y retórica hip, textos de cocina para acompañar la agenda de lanzamientos y presentaciones. De todos modos, alguna que otra nota justifican el resto. La revistas francesas Actuel, Rock & Folk y Best, o la norteamericana Creem, más abiertas a temáticas colaterales, siempre con algún texto anticipatorio, pueden disimularse adentro de los periódicos al pasar por la caja. También recorro centros culturales, como el ICA, en The Mall…, El Camden Arts Center y actividades gratuitas de las escuelas de arte. Todos los días se presenta algo, un festival de cine super-8, una muestra de video art, una perfomance, un vernissage, una instalación como empieza a llamarse a todo lo que no tiene categoría… Busco mi Di Tella.

* * *

   En el cementerio de Highgate descubro la tumba de Marx. Su famoso ¡Proletarios de todos los países, uníos! me produce un sentimiento de estar peregrinando a distintos capas del pasado. Parece decirme Eres de los nuestros. 

Ni siquiera... Me considero un no-trabajador. Busco trabajo porque no me queda otra.

* * *

   A las pocas semanas, debo admitirlo: no pertenezco más a la clase privilegiada de los periodistas culturales, que pueden moverse y sentirse entre los suyos con cualquiera “sin” tener que “ser” de veras de ese grupo. Desconozco los códigos londinenses, los dialectos del slang, carezco de contactos abrepuertas. Tampoco quiero hacer la típica: mostrar un carnecito trucho y decir que soy corresponsal. Culpa del cuelgue en el que quedo, para los londinenses que voy conociendo pertenezco a la clase de “los no son nada pero todavía confían”. ¿En qué? Algo vendrá a salvarme, escribo para darme fuerzas. Mi orgullo debo metérmelo sabés dónde. Vos que te creías tan cancherito, empezá a mirarla desde abajo. Hay algo que me gusta en eso de no ser nadie ni tener ninguna presión para dejar de serlo. 

   Una sopa caliente la conseguís por 20 peniques. La ropa prácticamente te regalan en los Charity Shops. Con algo gusto, el más rata se vuelve un bohemio elegante. La consigna es vivir no-dollar-a-day, con un par de libras esterlinas al día sos un rey, yo las tengo. En algunos cines de arte me instalo cuatro horas por 75 pennies.

* * *

   Dos hechos sorpresivos hacen que lo mismo adopte una consistencia diferente. En mayo, ya del 76, cuando llamo a mi vieja para desearle feliz cumple, el viejo caza el tubo y de una me dice Mirá, por ahora mejor no vuelvas, armátela para quedarte años, esta vez los milicos arrasan con todo. Ya no sos un chico… Glup.

    La otra disrupción proviene de un ex bailarín argentino, que se arruinó la carrera en un accidente de esquí; ahora atiende el buffet de un teatrito donde varios compatriotas comemos de garrón. Uno de esos días me cuenta que lo van y da el nombre de la mánager. Vela a Pam, no me menciones. Si no saca el tema de los papeles, agarrá viaje. Bebe, me pregunta una mujer de acento irlandés y frialdad incondicional. Niego con la cabeza. Entonces prefiero que tú seas acomodador y David prepare los sándwiches y los drinks, me dice, él sabe de eso. Debo estar con el uniforme puesto a las 6 en punto. De martes a domingo. Doce libras en negro a la semana, el triple en propinas. Recién a las 11 de la noche puedo volver a ponerme mi ropa.

   Mi tarea en Arts Theatre Club consiste en estar ahí, recibir las entradas, decir On your left… On your right… Acompañar disimuladamente con una linternita si la función ya comenzó. Todas las noches veo pasar a personas célebres. Me avisan, va a venir tal y yo debo decirle Welcome Tom, o Welcome Vanessa.

    A la semana ya sé de memoria la letra de Dirty Linen, la obra de Tom Stoppard, y las entradas y salidas de todos los actores, cuándo se va preparando el clima para la carcajada general, cuánto falta para que termine. Quedarme parado detrás de la última fila durante los dos actos se hace interminable. Con el otro acomodador nos turnamos para escaparnos quince minutos a tomar aire.

* * *

    Squat. David Hilton, el barman del teatro, ocupa un cuarto en un edificio desvencijado en Islington. Nadie sabe a quién pertenece. En las paredes no queda un centímetro cuadrado sin escribir o dibujar. Nada tiene su lugar establecido, solo un polvillo pegajoso adherido a todo lo que toques. No me imagino cómo alguien que vive ahí puede salir a la calle limpio. Debajo de la cama David tiene una valija, saca una carpeta con poema manuscritos y los va leyendo. Le pido permiso para copiar éste:

 toda forma de arte es una mentira / pero al mismo tiempo es una verdad / es la mentira que contiene la verdad / punk es una mentira / que arrastra un peso de verdad en sí misma / otros grupo de rock más clásicos / ya mayores / son cada día más una mentira / que quieren simular una verdad

   En el Arts Theatre, siempre que hablamos, David insiste en que toda expresión artística que no quiera ser consderada trash, debe mantener el street level. Todo cuanto salga de ese nivel, ha perdido su verdadero pulso, sostiene. Otro de sus poemas:

en este momento / todo ya ha sido escuchado en alguna parte /el sonido cambia / el pulso sigue siendo el mismo / no tengo nada más para agregar

Liza, su pareja, es amiga de Catwoman.

* * *

   West End. Cruzando Charing Cross Rd., por una cortada que sale detrás de la estación Leicester Square, un pasadizo peatonal desemboca en el Soho´s Newport Court, feria al aire libre. Cuatro puestos de discos usados y casetes piratas; otros tantos con los más sofisticados elementos para quemar aschís y ropa vintage. Iggy Pop, Captain Beefhaert, New York Dolls, The Faces y cualquier grabación de The Ramones vuela no bien entra. A los habitués, Stan y Bill nos toman casetes y regraban lo que les pidamos. En Cheapo, otro puesto de usados, por cuatro en buen estado te canjean uno de 90 minutos con sus compilados 1, 2, 3… de grabaciones en vivo. Saliendo por la puerta trasera, las callecitas llevan directo a Groovesland (territorio de ranuras, putilandia), el Soho de los tragamonedas abiertos las 24 horas, los pornoshops y videoclubs con cabinas privadas, putas que desde el fondo de un pasillo o un escalera te invitan a conocer sus dormitorios. Una cuadra más allá está Wardour St., área de compañías cinematográficas, grabadoras y servicios de audio. Cuando salgo durante el primer acto todavía encuentro empleados de oficina con la corbata suelta y un vaso de cerveza en la mano. A partir de las ocho empiezo a ver chicos por las calles laterales. Raritos, pintarrajeados, despectivos. Los quince minutos alcanzan solo para eso. Ir, ver y volver. A veces, con joyas, como Agents of fortune, de Blue Oyster Cult, pagado una libra (lo que saco de tres o cuatro propinas), u otra grabación pirateada.

   Al volver al teatro siempre me pasa lo mismo. Necesito tomar notas sobre lo visto. Después, sigo con las ocurrencias que tuve ese día. Matar el tiempo, deformación profesional, no sé. Incluyo las vivencias del personaje que observa y se observa. 

   Antes y después del teatro los pies me llevan por otros barrios: durante el día Chelsea, por las noches Camden Town, o Chalk Farm. 

   Al verme escribir sin parar, el boletero del Arts me invita a pasar a la cabina y cede una vieja Oliver de carro ancho, sin ñ ni acentos. Conoce algo de mi historia y me llama Nowhere man. En la carpeta donde guardo las hojas, escribo un título posible: Tipo de ninguna parte. El trabajo en el Arts se vuelve una bendición. Algunos días llego a las 3 o 4 de la tarde, uso el teatro como centro de operaciones. No pasa día sin que caiga compatriotas, dejan mensajes o sobres para mí; a algunos, los dejo colarse; para los que están en la lona David tiene una cajita feliz: diezma un poco cada plato, nadie se aviva.

* * *

   John, I am only dancing. David estudia teatro con Lindsay Kemp, ocasionalmente aparece en sus obras. Participó en la puesta de Ziggy Stardust, con Bowie, en el Rainbow. Siempre lleva el programa en el bolsillo. En estos días The Lindasy Kemp Company ensaya Salomé y como hizo de extra en la obra anterior (Flowers) tiene su puesto asegurado. Los ensayos son en el Roundhouse. Me presenta a Kemp como un escritor argentino y le pide que me incluya entre el pueblo. Lindsay me estudia de arriba a bajo, da una vuelta a mi alrededor. No necesitamos hippies, tu amigo parece el pastorcito bueno de un cuento folk, comenta con una mirada amorosa.

   Para mi cumpleaños 32 (octubre 76) David me presta un freepass (que le pasó Lindsay) para el concierto del Patti Smith Group. También es en el Roundhose, Patti acaba de grabar su segundo LP, Radio Ethiopía. La sigo desde Hey Joe y Piss Factory, temas que tengo en uno de los casetes compilados. En Hey Joe, leí, ella se compara con Patti Hearst, la multimillonaria heredera que ingresa al Ejército Simbionés de Liberación y es buscada por el FBI. ¿Sabés lo que dijo tu papi? Hace sesenta días ella era una niña adorable y ahora tiene un fusil entre las manos. Más me desgarra escucharla jadear, o desgarrarse, cantando, o recitando: 

   Voy a subirme a ese tren / e ir a noo yawk / voy a ser alguien / una bigstar / voy a ser tan grande / que nunca más podré volver

   Se viste como una mujer vestida de hombre, estilo George Sand. Sabe lo que dice. Me da vuelta cuando le cambia la letra a My generation. Donde Towshend canta La gente trata de voltearnos / solo porque nos movemos, ella lo reemplaza por Nosotros nos cagamos / en esa puñetera mierda. 

   Entre insultos, agresiones verbales y conceptuales, se ve que es una flaca tierna. La hermana mayor de los chicos que viene a decirles Come on, come on. Siento que me lo dedica.

* * *

   La pálida. Todas las cartas que me llegan, siempre, en algún tramo, preguntan por mi angustia, o si estoy angustiado. Por la masacre, por no poder volver, por ellos. Mi bajísimo nivel de auto exigencia y expectativas debe estar compensándola, supongo. Cada vez que hago contacto con lo que duele, aparece una mirada mucho menos crítica. En mi diario quedan escritas expresiones contradictorias: huérfano de horizontes, mi descomposición ha comenzado, no me creo ni compro ninguna más, ni mi propia leyenda, proceso (tachado para evitar la asociación con la expropiación del término hecha por los militares), elaboro, como dicen que hacen con sus disconformidad los que se psicoanalizan. Todos aquí tienen su propio pozo, lo veo en sus ojos, por eso le dan al chupi desde temprano, yo convivo con el mío sin angustiarme. Por la cronología puedo haberlas anotado a mediados del 76.

   Con los días, el bajón queda atrás, o muta en claridad. Pequeñas rutinas y recorridos empiezan a resultarme familiares. Sábados y domingos, antes de entrar al teatro, colaboro en una librería de mi barrio, Compendium, especializada en publicaciones únder. Si angustia es perder los hábitos, los estoy recuperando. Al final de las cartas, debajo de mi firma, pongo Aim a lucky man. 

   Anoto en el cuaderno: Sueño algo estalla en mi garganta, me llaman de BA para terminar la colimba. Más abajo: dilapidar mi vida, revancha, quiero ser amado, el colmo de lo inútil.

* * *

   Nudos. Salvo el boletero, ninguno de los actores, utileros ni administrativos del Arts Theatre me pregunta How are you? Pasan a mi lado como si no existiera. Hi… Hi… a lo sumo. Así durante meses. 

   Una tarde, al llegar, me avisan que Pam quiere verme. Me pongo el uniforme y subo a su oficina. Imagino que alguien abrió la boca. No. Está organizando su cumpleaños en un salón del primer piso del club de actores, que siempre permanece cerrado, y me pregunta cuánto quiero por trabajar en mi noche franca. Nada, digo aliviado, es mi regalo. Se trata de un ladies party, me aclara. Calma muchachos, todas arriba de 50, del Women Lib y del Lesbian Syndicate. Continuamente me piden que les llene los vasos, transpiran como caballos con los Jackson 5, Canned Head, Bee Gees, Gloria Gaynor... Pam, “una esponja de gin” se autodefine, se ríe de mí cada vez que nos topamos: En todo periodista argie hay mucamo inglés, me chucea; el mucamo inglés, imperturbable. 

   No es la primera vez que veo a mujeres abrazarse y besarse en la boca; nunca con tanto empeño, tanta desesperación, ni tan desinhibidas. Me hacen desear, a mí también, entregarme a una experiencia similar.

   Como siempre, las más interesantes son las que quedan solas y andan de aquí para allá. Una bola de billar perdida se acerca a la barra y cubre el vaso con la mano. Pam me pidió que te ayude con tus papeles, dice gangosamente, soy una agente. Yo entiendo que se refiere al papeleo con inmigración y le cuento de qué manera estoy ilegal. No me interesa tu situación, solo ganar plata con lo que escribes. ¿Con mi novelita? Yeahp, dice sacando una tarjeta. Elizabeth Hirbins, Literary Agent. Call me Beth, canturrea.

   Meses después, cuando la termino, la llamo por teléfono, no se acuerda de mí, menciono a Pam, su oficina está cerca de Angel St. Llego con 114 páginas prolijamente mecanografiadas y anilladas y una botella sin abrir que me regaló David. 

   Concesión: Por el camino tacho la p del tipo y agrego un tilde sobre la i: Le queda: Tío de Ninguna Parte.

   Antes de entregársela escribo un párrafo y lo pego con cinta adhesiva como epílogo: El sistema de recompensa o alimento, o descarga que hasta entonces me representa el escuchar rock ha dejado de hacerme efecto, todo lo que escucho me resulta demasiado placentero, demasiado de salón, mis neuronas necesitan estímulos más violentos, exorcizar mucha muerte, algo que desate los nudos. 

   Nudos. Esta expresión la adopto de un librito homónimo de Ronald Laing que acabo de comprar por monedas y aplico a todo lo que me atasca. En otro, Ram Dass, el padrino de la generación hippie con su verdadero nombre, Richard Alpert, me habla de las virtudes de morir en vida. Morir en vida, una buena definición para Melanco, mi alterego en la nouvelle que llevo a Beth. Melanco, no yo, se hace cargo de procesar los aullidos que siento cuando recuerdo mi país.

* * *

   Lps. Ni Tormato de Yes, ni And there there were three, de Genesis, ni Love beach de Emerson Lake and Palmer… ni tantos Lps de hits merecen invertir las 3 libras que cuestan. Más de lo mismo, rock planeado para continuar la especulación comercial (lanzamiento y gira), cero riesgo. Lo último que escucho en vivo es un concierto de los Pink Floyd, en el Palais des Sports, en París en los días previos a venir a Londres. Me parece un disparate pagar 200 Francos para verlos desde 90 metros con un largavista. Otros grandes grupos tocan sobre tracks pregrabados. De apoyo, los justifican sus productores. La práctica de tocar haciendo mímica salta con Electric Light Orchestra, algunas publicaciones lo denuncian, ninguno de los 5000 presentes lee esas revisas. Rock de arenas (estadios), de pantallas gigantes de televisión, de lejanías. No quiero preguntarme más qué carajos hago yo aquí en medio de ese tipo de re-presentación.

* * *

   Liberalismo. El de los 60/70 es todavía progre, keynesiano en el relato, no salvaje como el neoliberalismo de los 90. En el 76, el Reino Unido ya se olvidó de sus ideales y valores básicos, el pacifismo, la búsqueda del bienestar para los más posibles. La derechización de esos años es light comparada con la que impondrá Margaret Thatcher en los siguientes. Como la Izquierda tradicional, el rock devino mainstream y diluyó su fuerza revolucionaria. Desde la perspectiva histórica, los excesos del punk parecen hechos a la medida de esa transición sociopolítica y cultural. 

   Más que el descontento, el punk aó????????a el desarme Nuclearo adaue impondria a de nada posmodernismo se acercaban al CDN (campaña para el desarme Nuclearnticipa contenidos, copta mentes de chicos incaptables por el naciente Pensamiento Único (políticamente correcto se le denomina entonces). El punk les confirma su descreimiento, les da conciencia de clase. Ningún otro movimiento de ideales contestatarios lo logra con tanta inmediatez. Todo suma para que hacia la mitad de los años 70 emerjan algunos artistas intransigentes y den curso a una nueva dimensión mítica: la del perdedor que antes de entrar en el sistema quiere destruirlo. La que crea una estética salvaje a partir de (y para oponerse a) esa ética del Sistema.

* * *

   Chelsea. Beth Hirbins tiene su cuartel en Beaufort Mansions, una cortada a la que se entra por una perpendicular a Kings Road. Me gusta viajar en la parte alta de los ómnibus, por el camino cruzo una zona que evito: Knightsbridge, Harrods… Por ahí están las oficinas de Aerolíneas Argentinas, tienen los Clarín de toda la semana, dejan sentarse a leerlos en la recepción, no quiero tentarme. 

   Me gusta bajar en Sloane Square y caminar por Kings Road. Llego antes a la entrevista y me meto por las cortadas. Entre negocios de ropa de marca, hay baldíos con ropa usada colgada en largos percheros, el rejunte es más mi estilo. También suelo recorrer el sótano del mercado de anticuarios, el Acme Attractions: un negocio de ropa y accesorios (más barato que Sex) donde permanentemente pasan singles punk que no están en las disquerías.

   Ni un té me convida. Apenas abre el anillado, la Hirbins dice Sorry, no leo español, y lo apila entre otros anillados. Con el mejor inglés que me sale, le cuento someramente de qué trata. Exasperada, como si le hubiera despertado una reacción hormonal, grita: Otra novela sobre un extranjero en Londres… hay cientos de ese género… ya se agotaron todas las variantes… hasta los ingleses lo hacen… No vuelvas hasta que encuentres otro tema.

   Apelo a un recurso gestual que aprendo viendo Dirty Linen: quedarme callado y sostener la mirada, como si esperara que el que tiró la piedra fuera a agregar algo más. En la obra, un camarista es acusado de tráfico de influencias y coimas, se queda inmóvil, el camarista de otro partido, también sin mutarse ni aflojar un solo músculo, susurra: Veamos qué se puede hacer. 

  Let´s see what may I do. La frase de Beth me recuerda otra usada con igual frecuencia: We´ll phone you. Te vamos a llamar. ¡Já! Te vas contento, con el correr de los días te olvidaste. Te acostumbrás al formulismo. Lo mismo que con el Nice to see you.

* * *

   Choque de símbolos es lo que provoca el punk. La batalla es entre el mundo de lo establecido (decadente) y de lo que viene a ridiculizarlo. Los medios intentan llevar ese mensaje al imaginario colectivo. El punk viene a decir que a toda ilusión le sigue un caos.

   Todos los días parecen el mismo día. Van pasando. Por más que siempre aparezca algo que lo hace diferente, o que de tanto en tanto vaya a un pub o a un club a escuchar bandas desconocidas y me descubra saltando entre los chicos, o empiece a tener conocidos y conocidas en diferentes ambientes, o empiece decodificar algunas undercurrents. Londres es un estado de ánimo. Poco alterable. En los pubs siempre parece ser la misma hora del mismo día. Todo se vuelve previsible. No leo las noticias del diario, leo el diario. Siempre es eso que está pasando, o acaba de pasar. La baba teje una telaraña: el mito, la mística, la leyenda. Cuando estás por empezar a aburrirte de caminar en círculos, te hace ver que eso mismo que te tiene atrapado, que eso “es” es el fun. Solo se trata de apreciarlo. Como en sus días siempre grises, en esa nada, en eso que parece una remake levemente corregida de algo que en su momento pudo haber sido, descubro cientos de matices. Especialmente al escribirlos.

   Los dos párrafos anteriores son las últimas ideas registradas en mi cuaderno. Le siguen anotaciones diversas, cuentas, listas de tareas y cartas a responder, esbozos de proyectos... Por lo visto, se me desvanece la “necesidad” de rescatar lo que vivo o pienso.

* * *

   Saque. Meses (¿cinco, siete, ocho…?) después de la humillante visita a Beth Hirbins, recibo un llamado telefónico. Soy Ute Korner, la gerenta de compra de derechos de Editorial Bruguera, me dice con acento catalanoalemán. Mira, he dado a leer tu nouvelle a Esther Tursquets, de Lumen, y me dice, bueno, que es una basura. La típica primer novela de alguien que se cree maldito. Que puedes tirarla o guardarla en una caja fuerte… 

   ¿Para? 

   Por si en el futuro triunfas: te la sacarán de las manos. 

   Me sale preguntarle si la leyó. Sí. ¿Y… que opinas? La voz en el teléfono deja pasar unos segundos y suspira: Lo mismo, cariño, una mierda. Antes de que se me ocurra cómo seguir el diálogo, con el mismo tono que me dijo cariño, Ute continúa: Sabes una cosa, el trasfondo se las trae, eh? 

   Lo latinoamericano… no? 

   No, eso de los chicos pintarrajeados.

¿Los punks? 

¿Serías capaz de escribir un libro sobre ellos? En la Interviú han salido unas fotos de la ostia. 

Perdiste, Ute, pienso mientras me escucho decirle Puede ser interesante, por cierto. 

Va al grano: mínimo 200 folios, 2000 dólares de adelanto. 

¿Para cuándo lo querrías?

Mira, estamos en septiembre y sería bueno publicarlo después de las Christmas. ¿Podrías tenerlo en 30 días? 

Siete páginas por día. Más hacer reportajes, más ir a los conciertos, más buscar información… Más que ganar el cuádruple, me entusiasma lo incumplible del compromiso. Y que me llame cariño.

  • Autor: Juan Carlos Kreimer