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Andrés Di Tella

Entrevista


  Luego de dos años de filmación y uno de montaje, 327 cuadernos llegó al cine y, por primera vez, se estrenó de manera simultánea en televisión. En esta entrevista su director, Andrés Di Tella, reflexiona sobre la obra, sobre la memoria y sobre el género documental, entre otras cuestiones.


Por Sergio Criscolo


  El bar y librería Dain de Nicaragua y Thames es un lugar tranquilo, ideal para grabar una entrevista. Techos altos, paredes gruesas, escaso tránsito, poca gente. Salvo que estén probando el sonido para un evento que ocurrirá por la noche. “Llego y cuarto”, me avisa Andrés Di Tella por WhatsApp, y esos quince minutos de demora son aire fresco; el sonido se termina de probar y otra vez suena una placentera música clásica, a un volumen agradable. Y cuarto en punto Di Tella abre la enorme puerta de madera del bar librería. Este encuentro será una especie de recreo que el realizador se permite durante la edición de un nuevo trabajo.

    El encuentro es para hablar de 327 cuadernos , el documental que estrenó este mes, y que quiere ser el diario filmado de las lecturas que el escritor Ricardo Piglia hace de los diarios que escribe desde que tiene 16 años. Son 327 cuadernos que el autor de La ciudad ausente quiere leer, revisar y editar para que no sea otro quien, tras su desaparición, publique esas decenas y decenas de hojas repletas de textos de todo tipo. Porque en los 327 cuadernos puede aparecer el supuesto inicio de una próxima novela, como una reflexión sobre el arte de escribir, o el relato de una prima que alojó durante dos semanas a una guerrillera del ERP en los años 70. Dije que 327 cuadernos pretende ser el diario filmado, no porque sea un propósito fallido, sino todo lo contrario. El documental nació con esa premisa pero, como buen documental de autor, se fue nutriendo de otras cuestiones y finalmente se transformó en algo más, también: en un documental sobre la memoria, y sobre ese espacio resbaladizo que existe entre la ficción y la realidad. Durante el documental, Piglia reflexiona sobre el diario como género y opina que no son ficción pero que tampoco son la realidad. 


-¿Te parece que el documental de autor también podría decirse que habita esa misma espacio que existe entre la realidad y la ficción? 

Di Tella: Creo que el documental no deja de ser cine. Hablo del documental cinematográfico, hay otro tipo de documental que no es cine, entonces es otra cosa lo que pasa. Pero el documental cinematográfico tiene que ver con generar un viaje emocional, una identificación, una especie de transferencia de las imágenes al espectador, y el espectador de alguna manera se apropia de esas imágenes y ahí aparece la famosa teoría del iceberg: en la película sólo aparecen tres o cuatro episodios, minúsculos, de la vida de Piglia, o de su alter ego Emilio Renzi, pero me parece que esos episodios son como la punta del iceberg. Entonces el espectador tiene que adivinar el bloque de hielo gigante que está debajo del agua, invisible. Y lo imagina con su propia vida en definitiva, sus propias emociones, sus propias experiencias, es decir, asocia. Creo que el cine se presta mucho a la asociación. Y eso funciona especialmente en el documental cinematográfico, porque se supone que lo que se ve en el documental es así, se supone que lo que estás viendo es real, que pertenece al mismo universo que vos habitás. En el fondo lo que hago es trabajar con elementos reales pero hago una composición como musical, y para mi es mi forma de expresar la verdad, mi verdad, cómo yo veo las cosas, cómo yo veo a Ricardo. Claro que tiene un valor documental por muchos lados, pero por otro lado es como una fábula, para mí es una fábula de un hombre con sus cuadernos, sus cuadernos con como un símbolo, una encarnación de un pasado,  de los recuerdos, y en ese sentido Piglia podría ser cualquiera, un escritor desconocido, o cualquiera que tiene un diario. Qué hacés vos con tus recuerdos. Se habla mucho de que hay que tener memoria pero qué hacemos con la memoria. Lo que hacemos es darle un sentido porque esa memoria es un poco lo que nos constituye.


-La memoria como relato.

-Es un relato, por supuesto. Uno todo el tiempo está juntando experiencias porque te olvidás o porque la memoria construyó algo que no fue así como lo estás recordando. No quiere decir que sea mentira. Es una verdad emocional.


Di Tella comenzó a filmar a Piglia -al que conoce hace veinte años y de quién es amigo- a fines del 2012, y terminó a fines del año pasado. El rodaje estuvo a punto de naufragar cuando al escritor le diagnosticaron una enfermedad grave y degenerativa. En ese momento, Di Tella optó por buscar otros caminos y filmar los lugares y amigos que de manera más frecuente aparecen nombrados en los diarios de Piglia. Pero luego de un paréntesis fue el propio escritor el que llamó a Di Tella para continuar con las lecturas. Ya nada fue igual, claro: la voz de Piglia comenzó a fallar y su escritura a ser ilegible. Algunas escenas que el director tenía planificadas no pudieron realizarse. También la aparición de la enfermedad de Piglia hizo que Di Tella tuviese que decidir su propia aparición en la película, como narrador, en pocas ocasiones. Si bien no es la primera vez que este director aparece del otro lado de la cámara (sucede en Fotografías, Hachazos, La televisión y yo), en este ocasión lo hace un paso más atrás que en los anteriores filmes. La imagen que quizás sintetice su lugar como narrador dentro de la película es esa que lo muestra con Piglia mirando la proyección de una imágenes. Allí está Di Tella, al fondo, desenfocado, mientras que el escritor está en un plano mucho más cercano, nítido, sonriente.


Di Tella quería hacer un diario filmado  antes de enterarse de que Ricardo deseaba revisar sus diarios personales. Otra idea que el realizador tenía desde hacía tiempo era trabajar con filmaciones casera de personas desconocidas. En 327 cuadernos pudo aunarlas y, gracias a otros elementos; el resultado es excelente. La incorporación de imágenes familiares durante la lectura de fragmentos de los diarios genera un tono y un clima atrapante, similar al que se tiene durante toda el filme. Aparecen así imágenes de perros lanzados en paracaídas, o una hermosa niña en una pileta un día de verano, mientras se escucha la voz en off de Piglia leyendo textos que ha escrito años atrás.


- La idea de incorporar imágenes de filmaciones caseras realizadas por personas desconocida era una idea que estaba desde el inicio del proyecto -cuenta él-. Cuando Ricardo me mostró por primera vez los cuadernos, lo que me llamó mucho la atención es que él, adentro de cada cuaderno, guarda papeles… puede ser una boleta de algo, un pasaje de avión, una foto, entonces me pareció que podría funcionar… En sus diarios habla también de muchas cosas muy distintas, es un relato que no es lineal, entonces yo tenía que buscar un equivalente visual, cinematográfico, a esa mezcla de sus diarios, de papelitos metidos en los cuadernos, y el material de filmaciones caseras que elegí un poco tiene que ver con eso.


-¿Y cómo obtuviste esas imágenes?

- Andrés Levinson hizo la curaduría de material de archivo y por eso le puse un crédito importante en la película,  no es simplemente alguien que ayudó a buscar imágenes sino que ese material es tan constitutivo para la película como la música, como la fotografía, como el montaje. Mirar ese material fue una de las cosas más placenteras del proyecto, nos poníamos todas las semanas a ver imágenes.  En general las películas caseras, familiares, no son muy hermosas, pero a veces se da esa cosas que justo se filmó con la luz de la tarde y hay lindos colores, y la ropa y… entonces el criterio que utilicé era la belleza, y que los materiales fuesen de las épocas y de los lugares donde Piglia vivió  o donde transcurren ciertos episodios relatados en sus diarios.


-¿Todas las imágenes caseras tienen que ver con lo que Piglia había anotado en su momento en sus diarios?

- Sí. Están todas, casi te diría, ilustrando lo que se está contando. Lo que pasa es que a veces tienen una cosa muy específica que te hacen olvidar que se está ilustrando. Entonces se genera una especie de ambivalencia: ¿esto ilustra o no tiene nada que ver? Algo que me parece muy interesante, y a la vez me parece que tienen mucho que ver con la estética del propio Piglia. Cuando vio la película terminada le gustó mucho y se emocionó… es su vida. Y me dijo que le parecía que la utilización de esas imágenes familiares de otras personas estaba muy cerca poéticamente de su trabajo. Esa cosa de usar las vidas ajenas, o ficcionalizar la experiencia propia o atribuirle a otra persona algo que te pasó a vos, cambiar el nombre del propio Ricardo Piglia, estos son los diarios de Emilio Renzi, por ejemplo.  Eso produce una incertidumbre que me parece interesante.


  Así, con el nombre de otra persona, de su álter ego, aparecerán tres volúmenes, el resultado de la edición del propio Piglia de sus 327 cuadernos. Los diarios de Emilio Renzi (Anagrama),  es el primer tomo de 360 páginas que ya está en las librerías. Son algunos de los textos que escribió durante los años 50 y 60. Mientras, el excelente documental de Di Tella se puede seguir viendo en el Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415, el sábado 26/9 a las 22 hs.) y próximamente estará también en el Gaumont, frente a la plaza del Congreso. 

  Una camarera se acerca y nos avisa que tienen que desarmar el salón para preparar el evento. No hay problema, ya terminamos.


327 cuadernos:

Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415, el sábado 26/9 a las 22 hs.)

Para saber días y horarios de octubre en el Malba consultar en: http://www.malba.org.ar/eventos/de/actividades-cine-programacion/

  • Autor: Sergio Criscolo