Historia + Literatura

Alejandra Pizarnik

Escribir para no morir.

Alejandra Pizarnik escribía sin pausa y muchas veces con prisa. Con la prisa que da la necesidad y la potencia de un deseo incontenible, como si efectivamente su vida dependiera de eso: He de escribir o morir. He de llenar cuadernillos o morir escribe en sus Diarios en 1954, con apenas 18 años. Esos cuadernillos se convirtieron en una producción más que frondosa a lo largo de su vida. Para el año 72, cuando decide su muerte, llevaba escrito el equivalente a diez cajas que hoy, luego de cierto periplo, descansan en la Universidad de Princeton en el Departamento de manuscritos. Quizás el termino descansan no se ajuste a la realidad de unos papeles que bullen de palabras y color.

  

   Pizarnik amaba los objetos de papelería, sentía una particular fascinación y pasión por ellos al punto de llegar a tener una amplia y variada cantidad de cuadernos y papeles. Escribía en papeles de calcar, en fichas, en papel cuadriculado, rayado, con membrete, en cuadernos escolares, cocidos, anillados. A su vez variaba el color y los trazos de los lápices, lapiceras y biromes que utilizaba para escribir. Incluso poseía una máquina de escribir con letra cursiva a la que sumaba tintas de color rojo y turquesa. 

   Sus palabras, así, tomaban un estatuto de realidad, atravesado a su vez por la necesidad de una creación singular.

  Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires en 1936. Hija de padres inmigrantes marcados por el Holocausto siempre se mantuvo alejada de cualquier compromiso político que pudiera ponerla en riesgo. Era otro el peligro que la movilizaba, su propio mundo interior, que la llevaba a pasar de la euforia a la melancolía.

  Desde su adolescencia en Avellaneda hasta sus viajes a París y su juventud en Buenos Aires, esta grieta que la dividía se hizo carne en ella. Escribía para sanar, el quehacer poético parecía ser su modo de exorcizar sus fantasmas. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura, dijo Alejandra en una entrevista. 

  La escritura se convirtió en esa balsa que la salvaba de su eterno dolor de existir. Incluso la literatura le permitió recuperar un lugar en el mundo que creía perdido desde el origen. En su adolescencia sería con la lectura y la escritura, ya más adulta, los vínculos que estableció con escritores: Cortázar, Silvina Ocampo, Bioy Casares y Manuel Mujíca Láinez, fueron algunas de las personas que la acompañaron en su corta vida.

  Sus amigos sabían de su fascinación por la papelería e incluso muchas veces se convertían en los encargados de conseguirle algún cuaderno o papel especial.

  En una carta a su amigo Rafael Squirru escribió: (Perdón sufro del complejo de Peuser)(sabrás que soy una amoreuse de papier á écrire, (…)de todo aquello que sea papel, si bien tengo preferencias, ya justificadas, ya racionales.

  Elegía con mucha dedicación que cuadernos utilizaría y luego los intervenía con etiquetas, rótulos y papeles de distintos colores y texturas.

  A pesar de la búsqueda de vida en las letras, a veces el lenguaje resultaba insuficiente. La poesía la ligaba a la vida, pero ella seguía mirando a la muerte. Escribió en su diario en 1957: Ella se lanza hacia la puerta de la vida y hacia la puerta de la muerte, sin querer golpear en ninguna de las dos porque todavía no está segura de su deseo de golpear alguna de ellas.

  El 25 de Septiembre de 1972 Pizarnik se suicidó tomando pastillas. Dejó un escenario de muñecas maquilladas y papeles desordenados. En una pizarra podía leerse No quiero llegar más que hasta el fondo. 

  Su herencia son esas cajas que son infinitas en las resonancias que producen, en la riqueza enorme de una poética única. Poco a poco se han ido produciendo ediciones que retoman sus papeles: su Poesía completa, su Prosa completa, la Nueva correspondencia a cargo de su amiga Ivone Bordeloise, su novela La condesa sangrienta, sus Diarios.

  Su obra es rica en lo que al lenguaje se refiere, a su esencia más pura, a la función del lenguaje de permitirnos ser. Su escritura muestra la singularidad de un ser humano en la construcción de una poética maravillosa, pero no por eso menos ominosa e inquietante. Leer a Pizarnik es asomarse a un abismo.



  • Autor: Victoria Mora