Historia + Literatura

Rituales de escritura

Escritores argentinos revelan sus ceremonias privadas.

 Alejandra Laurencich, Laura Galarza,  Jorge Castelli, y Mercedes Giuffré, entre otros escritores argentinos revelan sus ceremonias privadas, esas en las que dan forma a sus novelas y cuentos.


 Por V.M.


  Scott Fitzgerald comenzaba a trabajar alrededor de las cinco y no paraba hasta la madrugada. Solía hacerlo con una buena dosis de alcohol encima porque había encontrado allí su mejor modo. James Joyce compartía el hábito del horario con su colega,  también escribía de tarde y por las noches se la pasaba de bar en bar. Ernest Hemingway coincidía con Joyce en su afición a los bares, pero, en cambio, comenzaba su jornada de madrugada y escribía de pie, frente a un mueble que sostenía la máquina de escribir en el punto justo. Henry James tenía el hábito instalado de la escritura cotidiana, empezaba temprano y seguía hasta el mediodía. Luego la tarde la dedicaba a la lectura. 

  Escribir es sin dudas una ceremonia singular, que se produce en determinado mundo. Lo más propio de cada escritor aparecerá en el modo de ejercer su arte. Aunque a veces puedan aparecer coincidencias, cada uno encuentra su forma.

Gabriel garcía Márquez necesitaba estar descalzo, con cierta temperatura ambiente y con una flor amarilla sobre su escritorio.  

  El prolífico Murakami comienza su día a las cuatro de la mañana y escribe por tres o cuatro horas seguidas. Luego, por la tarde, realiza otras actividades: nada, corre, escucha música y lee. Rutina que no abandona mientras está trabajando en una novela.


  ¿Qué rituales acompañan a algunos de nuestros escritores argentinos contemporáneos?


Alejandra Laurencich escribe cuentos y novelas, dicta talleres de narrativa y es directora de la revista literaria La Balandra. Sus cuentos fueron recopilados en Lo que dicen cuando callan y su más reciente novela es Las olas del mundo. Ella dice de sus ritos: “El único ritual que necesito para escribir es el silencio. Tolero muy bien el sonido de los pájaros, pero no cualquiera: en temporada de loros (cuando vienen a buscar dónde anidar) me vuelvo loca tratando de evitar que elijan los árboles cercanos, el chillido que emiten me perturba. Puedo escribir a cualquier hora si estoy aislada del entorno, ya sea en mi estudio o en una habitación de hotel o donde sea. He escrito también en viajes, con tapones de siliconas en los oídos. Y si tengo que hacer tiempo en alguna parte, esperando a alguien en un café, por ejemplo, también suelo escribir, pero el ejercicio de concentración para aislarme de lo que sucede alrededor me cuesta más, porque me distraigo con el menor diálogo o situación que veo. Para escuchar lo que quiero decir necesito silencio. El soporte para hacer una "bajada" puede ser la pantalla de una notebook, una libretita, una factura o flyer de propaganda que lleve en la cartera, da lo mismo.”

  Jorge Castelli, autor de Las campanas de la revolución, El delicado umbral de la tempestad y El purpurado cuello, cuenta: “Escribo dónde y -sobre todo- cómo puedo. Tomando en cuenta que soy absolutamente desordenado, me busqué un escritorio grande, una PC con un excelente monitor plano y un sillón que invita más a la siesta que a la escritura. Sin embargo, sigo siendo un desastre: escribo en papelitos sueltos, en inconcebibles cuadernos de tapa dura o en hojas A4 de dudosa procedencia y casi siempre algo manchadas.” En cuanto al momento del día su elección es la noche y la madrugada”.

  Laura Galarza, quién publicó recientemente su libro de cuentos Cosa de nadie, tiene sus propios ritos y revela que: “Para escribir necesito dos condiciones que nunca tengo: soledad y silencio. Durante mucho tiempo creí que la solución estaba en irme a vivir al campo. Finalmente mi deseo de escribir  fue más fuerte que cualquier decorado, y hoy soy capaz de hacerlo en las condiciones más adversas.  Adversas, no me refiero a nada muy intrincado. La vida misma. En cuanto al lugar donde escribo, lo cierto es que nunca pude armarme ‘mi cuarto de planchar”’, como hizo Alice Munro. Escribo en el comedor diario que es el lugar de paso de la casa. Es curioso, pero es donde me siento más cómoda: quizás por la mesa grande de madera maciza,  quizás por la luz y la biblioteca cerca. Aunque puedo hablar de mis condiciones sin pasar por la lectura. Ciertamente, es lo que me causa a escribir. Aprovecho cada hueco. -  leo y escribo todos los días. Cuando dejé de resistirme a que la escritura y la lectura “me tomaran” fui siendo cada vez más feliz. Pocas cosas me hacen sentir tan plena como tener un día por delante dedicado a la escritura. Lo de alrededor empieza a perder consistencia y nitidez hasta diluirse por completo y entonces quedamos la computadora y yo,  tête-à-tête. Sin dudas,  - como dice mi hijo - el mejor plan.”


  La escritora y periodista Gilda Manso, autora de Matrioska, Temporada de jabalíes y Malbicho cuenta: “No tengo demasiados rituales al momento de escribir, pero hay algo indispensable: necesito silencio. Funciono mejor por la mañana o por la tarde, temprano, apenas pasado el mediodía. Casi nunca escribo de noche. Nunca, en realidad. Si se dan esas condiciones -silencio y horas tempranas- puedo escribir en paz.”

  Mercedes Giuffré autora, entre otros, de la saga de misterio protagonizada por Samuel Redhead: Deuda de sangre, El peso de la verdad, El carro de la muerte, dice: “Escribo en mi estudio, que es la habitación más luminosa de la casa y da a los jardines del pulmón de manzana. Lo hago en silencio, rodeada de libros, sin otro ritual que el mate o el té y a veces la compañía de mi archivo, que es una caja de fichas a la antigua usanza. Escribo cuando puedo. Antes lo hacía ocho horas al día. Incluso llegué a más. Pero actualmente estoy trabajando en mi tesis de posgrado y eso me quita tiempo. Aunque intento mantener una rutina, escribir todos los días. Con cada libro, esto cambia. Depende del momento de la vida en el que me encuentre”


La poesía instala sus reglas. La poeta Flor Codagnone, autora entre otras obras de Mudas y Celo, libros de poesía, dice: “Me cuesta hablar de «rituales» porque, en mayor parte, escribo poesía y las cosas que me poetizan pueden surgir en cualquier lugar y en cualquier momento. Quizás, sea mejor decir que la poesía me acontece. Puede que me queme los labios con queso caliente y se me disparen unos versos como «Tu nombre quemó mis labios: / era una mariposa, / carne viva, / cruda, / santa herejía». O que lo que escribo surja a partir de una lectura o de lo que veo o escucho… Sí sé algunas cosas: que casi siempre armo el poema entero en mi cabeza y que recién después lo escribo. No me gusta que titile incompleto en la pantalla de la computadora. Además, intento no escribir en papel.  A la hora de corregir casi siempre lo hago en voz alta. Y para eso necesito profunda, profundísima, soledad e intimidad”



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