Historia + Literatura

Escritores suicidas

Cuando la literatura no alcanza

 Que la literatura ayuda a soportar la vida suele ser una realidad para muchos lectores y escritores. La palabra escrita, tanto para quién escribe como para quién lee, puede ser una tabla de salvación en el tempestuoso mar de la vida. La letra como catarsis, como elaboración de lo trágico, aparece como una solución para muchos. Sin embargo, hay casos en que atemperar la angustia y poner fin a la vida parece ser la salida que han encontrado muchos escritores al dolor de existir.



Horacio Quiroga


En el mes de febrero de 1937, Alfonsina Storni escribió a su amigo: “Morir como tú, Horacio, en tus cabales, / y así como en tus cuentos, no está mal. / Un rayo a tiempo y se acabó la feria / Allá dirán…”

Quiroga sufría de un cáncer de próstata por el que se había internado en el Hospital de Clínicas. Había dejado la selva misionera donde había elegido vivir, para tratarse allí.


“Este hombre había hecho un jardín sobre la roca, a fuerza de pico, astucia y dinamita; tenía pileta de cemento donde se enroscaba Anaconda; con pieles del monte confeccionaba tapados para su mujer y zapatos para sus hijos; fabricaba canoas y peces de cerámica, alambiques, retortas, aguardientes; manejaba ácidos, taladros, esmaltes. Recogía orquídeas. Con sus manos extraía el veneno de la yarará, criaba búhos, celestitos y coatíes, cultivaba yerba y caña de la India” así lo describió Walsh cuando, a treinta años de su muerte, fue a San Ignacio, Misiones tras las huellas del escritor uruguayo.


Quiroga decidió terminar con su vida –en 1937- con cianuro de potasio, una salida a un sufrimiento que no estaba dispuesto a soportar durante más tiempo. Desde el año 35’ estaba sintiendo molestos dolores que luego sabría respondían a su cáncer avanzado. Un día antes de decidir su muerte los médicos se habían reunido con él para explicarle que su enfermedad estaba en estado avanzado y no era operable. Su amigo Batistessa fue testigo de este final. Este hombre compartía habitación con el escritor luego de que al enterarse de su existencia de reclusión en los sótanos del Hospital, logró llevarlo consigo. Su lugar era el encierro por padecer una enfermedad que lo convertía en un ser deforme.


Las muertes fueron una pesada carga en la historia del escritor: su padre murió en un accidente de cacería cuando él tenía dos meses, en su adolescencia se suicidó su padrastro, dos de sus hermanos habían fallecido de fiebre tifoidea. Su mujer se había envenenado y agonizado por tres días durante los que su marido la acompañó. Luego de su muerte, quemó sus cosas y se deshizo de cualquier elemento que pudiera recordarla. 

Su literatura estuvo tomada por la muerte y la locura. 


Alfonsina Storni

Existe un mito popular que imagina a Alfonsina Storni entrando al mar decidida a morir y presa deuna angustia insoportable. Se dice que habían pactado con su amigo Leopoldo Lugones suicidarse el mismo día. Ella no se habría atrevido, pero poco más de un año después habría decidido seguir los pasos de su amigo escritor. La realidad, como suele suceder, es un poco más compleja, y la historia de este suicidio se remonta a un tiempo antes de esa trágica noche marplatense del 25 de octubre de 1938. 


En el año 35’, Storni había perdido un pecho debido a un cáncer de mama. La pérdida habría resultadoinsoportable para ella, resistió solo una sesión de rayos que ya luego se negó a recibir más. Su carácter cambió a partir de entonces, y quedó sumida en una profunda tristeza. Además, solía padecer dolores que atemperaba con aplicaciones cotidianas de morfina. 


Había intentado suicidarse previamente en el Río de la Plata y en el Tigre aunque fracasó porque fue detenida por personas que la reconocieron y se acercaron a hablarle. 

En su último, y exitoso, intento se ocupó de dejar una carta escrita en rojo que decía “Me arrojo al mar”


Tituló su último poema “Voy a dormir” y se lo dedicó a su hijo Alejandro. Había sido  madre soltera a los 20 años. 


Ese 25 de octubre,a la una de la mañana, salió del Hotel San Jacinto donde se hospedaba, caminó hasta el espigón de la playa La Perla y en ese salto final uno de sus zapatos quedó atrapado entre unos fierros, unos minutos después su muerte era un hecho consumado. 


Su cuerpo fue descubierto en la orilla por unos obreros. Así, concluía una vida prolífica: Alfonsina, socialista y feminista, moría a los 46 años, luego de haber dedicado su vida a múltiples tareas.  Fue poeta, actriz, maestra y periodista.


Alejandra Pizarnik

Alejandra solía decir a sus amigos en relación a las internaciones psiquiátricas en el Hospital Pirovano: “piro en vano”. Escribió en sus Diarios: “Sé, de una manera visionaria, que moriré de poesía”, presagio de un fin que ella se encargaría de concretar. Pizarnik sigue siendo hasta hoy una presencia constante en el podio de los grandes poetas argentinos. 


La muerte aparece en sus poemas como eterna presencia y como meta. Escribe un año antes de morir en su texto en prosa “Una traición mística”: “No sé cómo me abandoné, pero era como un poema genial: no podía no ser escrito. ¿Y por qué no me quedé allí y no morir? Era el sueño de la más alta muerte, el sueño de morir haciendo el poema en un espacio ceremonial donde palabras como amor, poesía y libertad eran actos en cuerpo vivo.”


El 25 de septiembre 1972 se suicidó tomando 50 pastillas de Seconal,cuando se encontraba en una salida transitoria de su internación en el Pirovano para recuperarse de la depresión que la aquejaba. Antes del suicidio escribió en el pizarrón de su habitación, “No quiero ir/nada más/ que hasta el fondo”.

Cinco meses antes de morir había escrito: “Ya no sé hablar. Ya no puedo hablar. He desbaratado lo que no me dieron, que era todo lo que tenía. Y es otra vez la muerte”.

Virginia Woolf 


Virginia Woolf escuchaba voces: las alucinaciones auditivas la persiguieron hasta el campo donde intentó un refugio que fracasó. 


La escritora inglesa había manifestado su imposibilidad de escribir bien por este agobio. El 28 de marzo del año 41 decidió poner fin a su vida llenando sus bolsillos de piedras y sumergiéndose en el río Ouse, cerca de su casa en Sussex. Tenía 59 años y esas piedras podrían ser el símbolo de una pesada carga que ya no podía soportar, la carga de una locura que la seguía atormentando. 


  Dejó dos cartas una para Leonard, su esposo, y otra para su hermana Vanessa. Escribió a su marido: “Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar otra de esas espantosas temporadas”. Había tomado la decisión de poner fin a su padecimiento de la manera más tajante y brutal. Es probable que lo hubiese intentado unos días antes, había vuelto mojada de sus paseos, en ese momento adujo que se había caído, pero quizás haya sido la prueba que la empujó a utilizar piedras para no fracasar. Su debacle final había comenzado a mediados del año 40’.


Había dedicado su vida a de literatura y heredado esa vocación de su padre, quién a sus 16 años le habilitó una amplia biblioteca. Más tarde, formaría parte del Grupo de Bloomsbury. Entonces escribía, se dedicaba a la docencia y a la crítica literaria. Allí conocería al editor Leonard Woolf. 


La escritura de sus novelas solía sumirla en profundas crisis de nervios, con episodios de delirio. Sin embargo continuó con la escritura, obedeciendo un impulso irrefrenable que la convertiría en una de las mejores novelistas en lengua inglesa.


Ya muy joven había intentado suicidarse, a los 22 años se tiró por una ventana y a los 31 se tomó seis gramos de Veronal. Intentos fallidos que le permitieron sobrevivir unos años más pero nunca dejar atrás la pena.



Ernest Hemingway


Hemingway se pegó un tiro en la cabeza con su escopeta favorita el 2 de Julio de 1961, en su casa de Ketchum, Idaho, luego de pasar dos años muy duros. No están claras aún las razones que empujaron al escritor estadounidense, premio nobel en 1954, a quitarse la vida. Las hipótesis conviven sin llegar aún a una definición certera.


Hay quien afirma que fue una decisión tomada como consecuencia de sus desórdenes mentales, ligados a cuadros depresivos; incluso en los últimos tiempos se mostraba un tanto paranoico, decía que era seguido por el FBI y se preocupaba en exceso por cuestiones como los impuestos o la posibilidad de recuperar sus papeles dejados en Cuba en julio de 1960.También había tenido problemas para escribir. 


En un viaje a España se negó a dejar su departamento argumentandovque estaba siendo perseguido. Su mujer estaba muy preocupada por esta situación, que se hizo insostenible. 

  

  En noviembre de 1960 fue internado en la Clínica Mayo en Minessota, allí recibió electroshock para ser liberado, con un alto grado de deterioro, en enero del 61.


Hoy hay reconocidos escritores que creen que la cuestión del FBI no era pura paranoia de Hemingway: Leonardo Padura, escritor cubano, sostiene que existen suficientes pruebas de que el FBI lo estaba presionando. En un tiempo Hemingway había sido colaborador de la agencia federal norteamericana como informante  sobre los miembros de la Falange española y de simpatizantes nazis en la isla, vinculo que con el tiempo se habría deteriorado. Según Padura, existe documentación que lo prueba, documentos que fueron abiertos en 1984 confirmarían que efectivamente el escritor estaba siendo vigilado.


Las verdaderas razones en torno a la muerte, a los 62 años del escritor, siguen siendo un misterio.

  • Autor: Victoria Mora