Historia + Literatura

Tres grandes escritores argentinos

Tres grandes lectores

Los grandes escritores de la literatura argentina han sido grandes lectores. Desde siempre, la escritura y la lectura aparecen como actividades indisociables. Los grandes se han enriquecido de lo que han leído y han dado testimonio de ello: Julio Cortázar, Abelardo Castillo y Rodolfo Walsh han dicho mucho sobre la literatura de la que se nutrieron.


Julio Cortázar


   El libro Cortázar de la A a la Z editado por Alfaguara en 2014, presenta un recorrido en fotos y textuales  de la vida y obra del autor. También ahí, en esas páginas, aparece el Cortázar lector. “Me veo a los veinte años en las telarañas del autodidactismo, mezclando la peor literatura con los primeros pantallazos sobrecogedores de Roberto Arlt, Dostoyevski, Thomas Mann, saltos y recaídas de Amado Nervo a Rilke, de Pierre Loti a Aldous Huxley. Me faltaba el coagulante instantáneo que un día fijara las materias preciosas y mandara a la basura todo el resto. Algunos se estremecerán al saber que ese coagulante se llamó para mí Jean Cocteau; pero Ramón [Gómez de la Serna] fue quien me lo trajo, quien me curó para siempre de la cursilería, él que tanto sabía sobre lo cursi y que escribió su tipología definitiva. En una librería de la calle Corrientes me atrajo no sé por qué la edición española de Opio, diario de una desintoxicación narrada a su manera por Cocteau. El prólogo era de Ramón (…)”


   En su artículo “Roberto Arlt: Apuntes de relectura” Cortázar escribió: “Cada vez que algún lector me ha contado de sus itinerarios en París tras la huella de algún personaje de mis libros, me he visto de nuevo en las calles porteñas diciéndome que por ahí había pasado el Rufián Melancólico, que en esa cuadra estaba una de las roñosas pensiones donde recalaron Hipólita, la Bizca o Erdosain. Si de alguno me siento cerca en mi país es de Roberto Arlt, aunque la crítica venga a explicarme después otras cercanías desde luego atendibles pues que no me creo un monobloc.”


  Poe dejó su impronta en el escritor ya desde su infancia. En una entrevista a Elena Poniatowska, la escritora mejicana, Cortázar cuenta como Poe fue su despertar a la literatura moderna cuando de niño leyó sus cuentos a los nueve años. Y ya no lo dejó a lo largo de su vida. De él aprendió lo que es un cuento en la niñez, lo siguió leyendo en la adolescencia y en su vida adulta sería el gran traductor de toda su obra al castellano. 


   John Keats fue otro de los grandes autores que Cortázar leyó. Este poeta británico que supo deslumbrar a muchos. Se publicó un libro que se tituló Imagen de John Keats y que incluye los ensayos que el escritor le dedicó al poeta en 1951 y 1952.

También fue un gran lector de Octavio Paz, de él escribió: “A lo largo de treinta años de obra de Octavio Paz ha sido para mí esa estrella de mar que condensa las razones de nuestra presencia en la tierra.” Fueron grandes amigos. 

 Cortázar fue tan prolífico en su escritura como en sus lecturas, capaz de ir de Wittgenstein a Lezama Lima y que ha sido lector de antropólogos, filósofos, poetas, cuentistas y novelistas de todos los tiempos y tendencias.


Abelardo Castillo


   En el libro El oficio de mentir. Conversaciones con María Fasce, Castillo habla de sí mismo como lector. “Yo creo ser un buen lector y hombre que, hablando en general, escribe. Para mí la literatura siguen siendo los libros de Tolstoi, de Proust, de Lowry, de Kafka, de Rulfo, de Beckett, de Faulkner. Cuando pienso en la literatura argentina pienso en Sarmiento, en José Hernández, en Benito Lynch, en Marechal, en Borges, en Arlt, en Sábato, en Bioy, en Cortázar”, dice. En otra entrevista cuenta: “Alrededor de los 12 años encontré las obras de Tolstoi y Dostoievski en un cajón, debajo de un catre, en la casa de un abuelo mío. Y luego empecé a leer desaforadamente todo lo que caía en mis manos con un método que se lo aconsejo a todo el mundo. Cuando un autor me gustaba, trataba de ver cuáles eran los autores que a ese autor le gustaban. Si a ese autor le gustaban determinados autores, necesariamente me tenían que gustar a mí. Con eso fui creando familias espirituales.”  Si uniéramos ambas citas, tendríamos un panorama de lectura que abarca un amplio abanico de autores de la literatura universal y nacional. 


  En cuanto a los diez libros que cambiaron su vida, Castillo eligió: Cuentos completos de Poe, Obras escogidas de Pablo Neruda, Los hermanos Karamazov de Dostoievski, Don Quijote de La Mancha de Cervantes Saavedra, La nausea de Sartre, La muerte de Ivan Ilich de Tolstoi y La divina comedia de Dante Alighieri.



Rodolfo Walsh


   Walsh era un gran lector, lo prueban sus diarios, sus trabajos editoriales y periodísticos y los testimonios de quiénes compartieron la vida con él. 


  Hay dos anécdotas de su infancia marcadas por la lectura y que incluyen a su madre. Una es que cuando era pequeño y vivía en el campo cada noche su madre le leía Los Miserabes de Víctor Hugo antes de irse a dormir, hábito que Walsh llevó consigo un período que pasó en un orfanato atravesados por la miseria. Otra anécdota cuenta que su padre era jugador empedernido y que su madre en un intento de ayudarlo a resolver este problema le dio a leer El jugador de Dostoievski.


  Ya en su vida adulta, Walsh trabajaría en Editorial Hachette donde fue el primer antólogo en recopilar cuentos policiales argentinos, lo tituló Diez cuentos policiales argentinos en 1953. El género lo apasionaba y no solo leía, Walsh fue un gran escritor de cuentos policiales, aunque más tarde en el período de su vida ligado a la militancia renegara de ellos.


  Para la misma editorial se encargaría de recopilar la Antología del cuento extraño donde también trabajó como traductor de algunos de esos cuentos. Esta obra fue reeditada en 2014 por Editorial El cuenco de Plata en cuatro tomos. Estos cuentos tratan sobre fantasmas, espíritus, aparecidos e incluye lo mejor del género en su costado más siniestro y ominoso.


  Fue lector, entre otros, de los clásicos ingleses, los existencialistas franceses, de Faulkner, de Borges, de Ambrose Bierce, de Hemingway, de Henry Miller, de Horacio Quiroga, de Marx, de Mao, de historiadores argentinos, además de abarcar los géneros, ya mencionados, policial y fantástico de los que tanto gustaba en cierta época de su vida.

Su compañera Lilia Ferreyra cuenta que era un lector activo que leía con fibras de colores siempre a mano y con ellas escribía en los márgenes discutiendo con los autores. 

  • Autor: Victoria Mora